Las bacterias del Pleistoceno y tu entrecejo

Después de un largo día de trabajo en la mina, no hay nada que reconforte más a un hombre que beberse una cerveza y dedicarse a la costosa labor de arreglar algo de la casa. Aunque en este caso hayas estado todo el día tocándote las narices, bebas agua mineral porque el agua fría te constipa la garganta y seas una mujer. Pero, oye, una también es feliz cumpliendo tópicos. Sigue leyendo

La culpa es de las tallas

“¿Cuántas prendas llevas?” Y ahí ya se fastidia el invento. Mientras pones cara de “atiquénaricesteimportaguarra” te toca sacar la mejor de tus sonrisas, meter tripa y volcar el carro de la compra sobre la mesa de la dependienta. “Llevo veinte, veinte pantalones”. Entonces la luz oscura se cierne sobre el rostro artificial de esa barbie. La misma a la que le hacen la ola cuando entra a una tienda de cosméticos. No por guapa. Sino porque lleva sobre sus mejillas el maquillaje que una persona mortal se pondría hasta alcanzar segundo tercio de su vida. “¿Algún problema?”. Y en su cara anaranjada ves la viva imagen del cabreo. “No… para nada. Solo que el máximo de prendas que puedes entrar al probador son 9”. A lo que tú, intentando disimular la gota de sudor que te ha provocado el hecho de recorrerte toda la tienda en busca de ese valioso tesoro, le gritas para tus adentros: “Venga coño, ¿crees que voy a abrir un portal mágico tras el espejo del probador con mi barita de Hogwarts y voy a volatilizar estos pantalones?”. Pero en ese momento la educación llama a tu puerta, y no te queda más remedio que dejarle entrar: “Vale. Pues haré tres viajes”. Sigue leyendo