Qué bien que hayas venido

El cielo está oscuro. No es de noche, aunque lo parece. Solo el sonido del viento, desorientado y torpón, se escucha cuando molesta a los árboles que hay en el centro de la avenida. Es un viento aislado, excéntrico, que se queda bailando en las faldas de las jacarandas, como si lo hubiese elegido, y no inunda el resto de la calle de ráfagas impertinentes. Yo no puedo sentirlo en la piel, tampoco verlo. Pero sé que existe, sé que está, porque puedo apreciar los efectos que provoca en las ramas de los árboles. Como tantas otras experiencias casi olvidadas en mi vida, sé que existieron, sé que fueron, porque siento día tras día sus consecuencias en mi forma de actuar. Sigue leyendo