Qué bien que hayas venido

El cielo está oscuro. No es de noche, aunque lo parece. Solo el sonido del viento, desorientado y torpón, se escucha cuando molesta a los árboles que hay en el centro de la avenida. Es un viento aislado, excéntrico, que se queda bailando en las faldas de las jacarandas, como si lo hubiese elegido, y no inunda el resto de la calle de ráfagas impertinentes. Yo no puedo sentirlo en la piel, tampoco verlo. Pero sé que existe, sé que está, porque puedo apreciar los efectos que provoca en las ramas de los árboles. Como tantas otras experiencias casi olvidadas en mi vida, sé que existieron, sé que fueron, porque siento día tras día sus consecuencias en mi forma de actuar.

Dos luces inestables aparecen en el horizonte. ¿Qué son? Una brilla a pulsos periódicos e ilumina toda la calzada. La otra está cabizbaja y solo alumbra un par de metros de asfalto. Las miro concentrada, tratando de averiguar en la distancia si aquel despropósito lumínico es la oportunidad que llevo tantos años esperando. Me pongo nerviosa y me vuelvo hacia todas direcciones con desesperación. Quiero respuestas y no encuentro a nadie a quien poder preguntar. Las personas que caminan por la acera no son como las que estoy acostumbrada a ver. Todas visten normal, algunas llevan maleta, otras mochila, y muchas no llevan nada. Pero andan sin proyectar ni un leve sonido. Y sus rostros… son rostros vacíos. No tienen ojos. No tienen labios. Tampoco nariz. Ni pelo. ¿Tienen orejas? No puedo ver los orificios. ¿Pueden escucharme? Siento una desazón terrorífica en el alma.

Las luces están cada vez más cerca. Empiezan a ser cegadoras, pero por fin puedo verlo: es la silueta de un autobús. Me quedo clavada cual estaca en la orilla de la calzada y miro a ambos lados. No hay nadie esperando para subir. Todos siguen yendo y viniendo con sus cabezas ausentes de todo gesto.

El autobús se detiene delante de mí. No tiene color, solo forma. Y en lugar de ventanas hay espejos metálicos que deforman en el reflejo todo cuanto me rodea. Hago señas con el brazo para que la persona que conduce me abra la puerta. En esta extraña superficie no soy capaz de diferenciar dónde está, de modo que la busco impaciente por todo el lateral del vehículo. No hay ranuras, ni avisos, todo es liso e incoloro.

Desisto y rompo a llorar rendida sobre el arcén. Por fin lo tengo delante de mí, el autobús que me tiene que llevar a mi propia salvación, y nadie me abre la puerta. Siento que pasaré otros veinte años sumida en la oscuridad de mi mente. La rabia me consume y me levanto de un salto. Golpeo con fuerza los espejos de metal y veo en ellos cómo mi rostro empieza a mutar: estoy perdiendo un ojo, la boca se está borrando y ya no tengo nariz.

Se acabó. Estoy condenada a morir sobreviviendo a mi vida, sin entenderla ni disfrutarla; atrapada sin poder ver, ni hablar, ni escuchar a nadie, como el resto de viandantes. Me quedo agazapada en la acera, escondiendo mi cabeza casi vacía entre las piernas, derrotada.

Un ruido eléctrico quiebra mis pensamientos: la puerta se ha abierto. ¿Ha sido mi desesperanza la llave? Me incorporo con profunda inseguridad y, débil, me acerco al autobús. Una escalera de al menos 20 peldaños me invita a subir. Son oscuros, sucios y algunos están rotos. A medida que subo me palpo con premura histérica el rostro. Todo brota de nuevo.

Al volante del vehículo hay alguien dándome la espalda. ¿Quién es? Le veo el pelo, largo y liso, sucio y mal cortado. Los hombros anchos, la espalda curvada y desigual, y el uniforme azul totalmente desgastado, lleno de manchas y girones. Se da la vuelta al advertir mi presencia.

¡¿Cómo?!

¿Pero qué es esto?

Tiene… ¡Esa mujer tiene mi cara!

La cara que yo tenía. Los ojos verdes, los labios carnosos, las cejas gruesas.

¡Esa mujer soy yo!

Pero… un momento… ¿Qué le ha pasado?

Está desconfigurada y tiene la piel manchada y oscura. La mandíbula grande y desnivelada hacia el lado derecho. Los dientes marrones y partidos. Algunos fuera de su lugar natural. Un par de ellos nacen en el centro del labio inferior. Otros puedo verlos asomando desde el paladar. Tiene muchos y su gesto embobado y enfermizamente ido los muestra todos.

Cuando la miro a los ojos me entra el pánico. Están inyectados en sangre, y el color verde se vuelve más profundo y brillante. No parecen humanos. Las cejas están muy pobladas, y tardo un par de minutos en darme cuenta de que las tiene por debajo de los ojos, en los pómulos. Las ojeras, amoratadas por las venas inflamadas, están arriba, esculpidas en la frente sudorosa y llena de rasguños ya cicatrizados.

No me dice nada, pero agarra el volante y lo aprieta varias veces con las manos en puño. El tejido carnoso de los brazos está necrosado. Tiene los dedos finos pero los nudillos gruesos. Son unas manos en descomposición. Se ríe estruendosamente y le veo los dientes estampados por toda la boca. Escucho el ruido del motor rugir con intensidad bajo mis pies y voy deprisa a sentarme.

El autobús está vacío. De hecho, solo hay un asiento. Es un lugar siniestro, derruido y lúgubre. El suelo es inestable: tiene algunos agujeros que dejan al descubierto cables y depósitos del vehículo. Las paredes, al igual que el exterior, no irradian ningún color. Sé que son lisas, puedo tocarlas, pero no veo nada en ellas. A medida que me acerco al asiento descubro nuevas cavidades y estancias. Tengo la impresión de que todo se va haciendo más grande a mi paso, pues ya vislumbro al menos cinco puertas pequeñas, algunas semiabiertas, que dejan ver peldaños de escaleras. Todos ennegrecidos como los que he subido para entrar aquí.

Cuando me siento observo a la conductora a través del retrovisor interior. Su apariencia todavía me duele. Mueve el volante con mucha violencia, e incluso llega a darle varias vueltas, como si estuviera tomando una curva eterna, pero, lo cierto, es que el resto del autobús se mueve con una inusitada tranquilidad.

A través de los espejos metálicos, que permiten ver el exterior como si fueran cristales, aparece un paisaje desolador. Ya no estamos en la avenida, no hay gente caminando por la calle ni se aprecia el viento. Ahora atravesamos un cementerio de árboles secos, muy altos y muertos, que se alzan sobre la tierra negra. Esta muestra salpicaduras de algún líquido espumoso y blanquecino. Algún químico, quizá. No hay ningún brote de hierba virgen. Tampoco pisadas de animales. Y la luna… la luna tiene forma de roca. No es redonda ni blanca. Emite una luz del color del azufre. Creo que está enferma.

A lo lejos distingo algo cuadrado. ¿Un cartel publicitario? Aunque la conductora sigue haciendo aspavientos con las extremidades, nos acercamos a él muy despacio y a velocidad constante. Mientras me esfuerzo por focalizar la vista para poder leer lo que parecen unas letras rojas y de gran tamaño, siento que el autobús se sigue ensanchando. Miro a mi alrededor y ya hay al menos doce puertas. Algunas totalmente abiertas, otras cerradas con candado; unas que conectan con partes subterráneas, otras que cuelgan del techo. Al regresar la mirada al paisaje, alcanzo a leer por fin el cartel.

 

“Bienvenida al subconsciente”

 

Alguien golpea mi brazo. Mi corazón se paraliza al ver a la conductora junto a mí, descansando sobre un asiento que segundos antes no estaba allí. Me coge de la mano con la suya gangrenada y gélida. Me mira con los ojos invertidos, llenos de un sarcasmo macabro, y empieza a reír. Los dientes de su labio inferior se quedan a tan solo un par de centímetros de mi boca. Su aliento es putrefacto, y su lengua está llena de yagas que supuran un líquido indescriptible.

Trato de levantarme del asiento. Quiero salir a toda costa. La felicidad no puede empezar aquí. Más de veinte años esperando mi gran oportunidad, el momento para aprender a llorar, a soltar, a vivir; el momento para saber fluir, para admirar la existencia, para ver con mis propios ojos, escuchar con mis propios oídos, saborear con mis labios y pensar con mi mente; la expansión de mi ser no puede haberme traído aquí, para verme cara a cara con la destrucción más absoluta. Con mi propia destrucción.

Ya es demasiado tarde. Estoy pegada a la butaca y no tengo fuerza en las extremidades. Intento arrancar de mi brazo la mano necrosada del ser, pero es inútil. Ella se acomoda en el asiento, estira y cruza las piernas extrañamente largas y finas, y se retira el pelo grasiento hacia atrás con un movimiento cervical antinatural. Suspira hondo y mira al horizonte mientras me aprieta con más fuerza el brazo.

 

“Qué bien que hayas venido. Ya no dejaré que te vayas jamás”.

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