Un punto azul pálido

Cogió una roca demasiado pequeña para el tamaño de sus manos. La miró y olfateó durante un buen rato y, aunque no había nada en ella que le llamara especialmente la atención, la sostuvo en el espacio durante un tiempo más. Un manto brillante la cubría y una densa neblina se movía dentro de ella sin criterio alguno. Agitó la roca suavemente y aquella bruma empezó a aglomerarse en pequeños cúmulos. En cuestión de minutos vio llorar lluvia, enfurecer tormentas y descargar truenos. Cuando las nubes hechas agua terminaron evaporándose, divisó cordilleras de montañas blancas, marrones y negras abriendo cicatrices en la superficie. Pudo reconocer centenares de ciudades molestando la tierra. Trepaban cordillera arriba, desafiaban la gravedad con edificios infinitos, le robaban costa al mar y allanaban cualquier terreno para seguir creciendo sumergidas en un halo de aire gris. En medio de las aguas se erigían construcciones oscuras, de un metal oxidado, que impedían a las ballenas cruzar los océanos, intoxicaban a los peces más pequeños y servían a los hombres como combustible caduco. Volvió a agitar la roca para que la densa neblina ocultara aquella horrible imagen y la dejó flotar de nuevo antes de marcharse. Había en el espacio rocas mucho más hermosas como para estar perdiendo el tiempo con aquella.

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