Ojalá, Susana, ojalá

Lo siento. Siento no haberte podido sacar de esa caja de madera acolchada. Siento no haber podido prestarte parte de la vida que todavía me queda. Siento no haberme podido poner en tu lugar, aunque solo fuera por unos días, para que pudieras disfrutar sin la sombra amenazante de esta maldita enfermedad. Lo siento, y lo siento de verdad.

Cuando veía cómo te consumías el alma me arañaba por dentro. Quería salir de mí para entrar en ti y darte toda la fuerza que necesitabas. En ocasiones huía. Huía de tu realidad de una manera instintivamente egoísta. Tenía que protegerme. Y en lo que me protegía a veces me olvidaba de ti. Es algo que nunca podré perdonarme. Y algo que incluso ahora, cuando ya no estás, sigo aprendiendo de ti.

Ojalá hubiera podido. Ojalá no hubieras sido tú. Ojalá hubiera sido solo yo la que a veces se olvidaba de ti. Y no la vida. No la suerte. No el latido. Ojalá, Susana, ojalá.

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