Jugar a ser Dios

Los gritos de la gente y el temblor del suelo no me detienen. Corro lo más rápido que puedo esquivando los cuerpos sin vida que yacen en tierra. No me importa el dolor en sus rostros, los charcos de sangre o sus miembros despedazados. Yo tengo una misión.

Mi mente piensa rápido. El comandante nos ha ordenado aniquilar a los supervivientes, y es lo que voy a hacer. Tengo que amar a mi patria. Tengo que amar a mi bandera. Tengo que acabar con quien intenta hundirnos, a no ser que quiera volver a ganarme un buen castigo.

El arma es muy pesada. La cinta de cuero con la munición me hace herida en el cuello. Las botas son demasiado grandes y siento fuertes pinchazos en la planta de los pies. Pero como dice el comandante, tengo que luchar por nuestro país sin que me importe el sufrimiento.

Mientras corro veo algunas personas aterrorizadas buscando cobijo detrás de los muros derruidos. No dudo en dispararles. Varios tiros me regalan el silencio. Cuando termino con ellos doy gracias al comandante por haberme salvado de las calles y por haberme separado de mis padres. Ellos no me querían. Ahora tenía una vida mejor: tenía un arma, podía jugar a ser Dios.

Algunas casas en el horizonte siguen en pie. Mi cabeza, casi como una máquina, localiza un nuevo objetivo; mis pies, casi sin saberlo, me llevan deprisa a aniquilar nuevas vidas. Como dice el comandante, somos hombres, y yo voy a comportarme como tal. He de hacerlo si quiero tener algo que comer al final del día.

Entre disparos y explosiones escucho un sollozo detrás de uno de los muros. Me detengo de manera instintiva y recuerdo la lección del comandante: cuando se esconden, hay que hacer el menor ruido posible. Subo a la altura de los hombros la ametralladora. Siempre pesa más que yo, pero al recordar las palizas que los militares nos dan cuando apenas empiezan a temblarnos los brazos mi mente finge y me hace creer que el arma es tan ligera como una pluma. Camino de puntillas hasta llegar a la pared y vuelvo a escucharlos. Todo mi cuerpo sabe perfectamente cómo actuar, y sin pensarlo ni un segundo doy un salto en dirección a los murmullos.

Allí están. Un padre y su hija junto al cuerpo muerto de la que había sido esposa y madre. La hija me mira. El hombre la abraza. La madre se pierde en el vacío.

“Ahora soy un hombre”

Dos disparos.

Silencio eterno.

                       *                          *                           *

Estaba cansada. Hacía mucho que no dormía. Papá siempre decía que todo volvería a la normalidad, pero las lágrimas de mamá me demostraban lo contrario. Había pasado más un mes desde que empezó la guerra, y yo todavía no había logrado entender nada. Primero fueron las bombas, luego los disparos y luego los muertos.

No habíamos podido salir de casa desde los primeros aviones, y a duras penas subsistíamos con la comida que le daban a papá. Por las noches, con el volumen muy bajito, escuchábamos la radio en el comedor.

“Las tropas enemigas están invadiendo la frontera oeste del país. Las fuerzas del Estado se encuentran muy debilitadas y no van a recibir ayudas internacionales. Hay más de 20.000 fallecidos y 1.200 personas desaparecidas”.

Al oír estos mensajes mamá me arropaba con fuerza mientras papá encendía su pipa e intentaba silenciar las lágrimas. Yo miraba la radio sin escuchar, me dejaba abrazar sin sentir, evitaba el miedo para no llorar. En el fondo sabía que nada iba bien.

Por las mañanas todo era incluso peor. De nada servía la luz del día si no podía disfrutarla. Hacía varias semanas que no veía a mis amigos y tampoco iba al colegio. Solo me sentaba en las piernas de mi madre y la escuchaba llorar durante horas. Cuando mi padre volvía con la bolsa de comida se calmaba un poco. Yo, mientras tanto, no paraba de pensar.

“¿Por qué nos atacan, papá?”

“Porque hay gente muy mala, cariño”

“¿Y por qué matan a las personas, papá?”

“Porque solo saben hacer cosas malas, cariño”

“¿Y cuándo se irán, papá? Yo quiero salir a la calle”

Nunca respondía a esa pregunta. Se iba a la cocina y se servía un vaso de coñac para aliviar su nudo en la garganta. Pero yo jamás dejaba de intentarlo.

Los días seguían pasando y la radio cada vez daba peores noticias. El murmullo de la guerra se aproximaba. Las bombas y los disparos ya no me dejaban dormir. En una noche de tantas pude escuchar a mi padre mientras hablaba con mi madre.

“Pronto llegarán al centro de la ciudad. También están atacando por la parte este. No podemos hacer otra cosa. Mañana saldremos de aquí”

Ahí tenía mi respuesta. Los enemigos nunca se marcharían.

Al día siguiente mi madre me despertó con caricias en la espalda. Tenía los ojos llenos de miedo y un saco de tela repleto de ropa y recuerdos. Era el momento de salir.

Las calles estaban más oscuras de lo normal. La gente se movía nerviosa y los disparos y las bombas se escuchaban cada vez más cerca. El ambiente olía muy mal. A ceniza, a fuego, a dolor. Yo quería ver a mis amigos.

Estábamos en el coche de papá cuando una manada de aviones cruzó el cielo. Mi padre me cogió bruscamente y obligó a mi madre a correr.

Bombas. Por todas partes.

Mamá no lo consiguió. Una bola de fuego cayó justo detrás de ella y arrasó la mitad de nuestra casa. Mi padre y yo pudimos resguardarnos, aunque mi pierna no volvería a ser la que era. No me importaba. En aquel momento solo podía mirar a mi madre: estaba a tan solo quince metros de mí, inmóvil, callada, en una postura casi imposible.

Papá la cogió en brazos mientras hacía estallar ese nudo de lágrimas que siempre sellaba. Nos refugiamos detrás del muro más alto que encontramos con vida. Yo seguía sin entender nada. Mamá no alzaba la mirada, no se quejaba por las heridas, no lloraba ni me abrazaba con fuerza.

Militares. Por todas partes.

“Tienes que guardar silencio, cariño, no tienes que llorar, todo pasará y mamá vivirá”

Me arropaba, pero la pierna me dolía. El alma me dolía. Mi madre lloraba sangre por todos los rincones de su cuerpo.

“Papá… ¿Cuándo se irán?”

Un niño vestido de militar saltó delante de nosotros. Quizá le hubiera gustado jugar conmigo. Pero ya no recuerdo nada más.

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