Los violentos seguirán ganando; y las mujeres, perdiendo

Publicado en el número de noviembre del periódico Infotúria

Trescientas cuarenta y siete. Trescientas cuarenta y siete denuncias por violencia de género llegaron a los tribunales todos los días del año 2014. Una cifra abrumadora que elevó a 126.742 el número de mujeres que se armaron de valor y acudieron a la justicia en busca de una seguridad que no encontraban en sus casas. Lamentablemente más de 15.000 se arrepintieron y decidieron no seguir adelante en el largo proceso judicial, dejándose llevar por promesas vacías, por arrepentimientos efímeros y por un miedo desgarrador. Lamentablemente el año se saldó con 54 mujeres asesinadas a manos de sus maridos o exparejas sentimentales.

Por desgracia estos  datos tan solo constituyen la punta del iceberg. Son la consecuencia más dolorosa de un problema social y cultural muy complejo que trasciende de cualquier disputa familiar. Un problema que empieza  a desarrollarse desde el momento en el que se asume que existe una diferenciación explícita entre los dos sexos. La violencia de género no solo está en la mujer maltratada, en la mujer humillada o en la mujer acosada. Nos envuelve diariamente disfrazada de fórmulas tan aceptadas en la sociedad y a las que estamos tan acostumbrados que no somos capaces de percibir como discriminatorias. La violencia de género está en el mercado laboral, cuando las diferentes empresas abonan salarios mayores a los hombres que a las mujeres; la violencia de género está en el deporte, cuando el practicado por mujeres queda relegado a un segundo plano y no goza ni de la mitad del prestigio que el practicado por hombres; la violencia de género está en los cargos públicos, cuando se aprecia que solo el 17% de los ayuntamientos de España están regentados por mujeres; la violencia de género está en los cuentos infantiles, en los que la princesa, vulnerable, delgada y estupenda no puede ser feliz y emprender su vida sin el beso y la protección de su robusto príncipe. La violencia de género está en todas partes.

Violencia de género

No se trata de un problema arcaico y remoto, típico del ser humano de la época del medievo. Ni siquiera de un conflicto que esté mermando a medida que le sociedad evoluciona, aprende y se reconstruye. Es una realidad que cada día afecta a más mujeres, y cada vez más jóvenes, pues en losúltimos años la edad media de las víctimas mortales de la violencia machista ha disminuido considerablemente y de manera alarmante, colocándose ahora en los 41 años. Además, y por si fuera poco, las nuevas tecnologías en esta era de la información no hacen sino ofrecer nuevas vías de actuación a este tipo de violencia. En España el 18% de los jóvenes de entre 12 a 18 años han sufrido coacciones, amenazas y un fuerte control por parte desus parejas o expajeras a través de Internet y de las redes sociales, a menudo utilizando como baza la difusión de fotografías, vídeos íntimos y mensajes privados a través de la red. Todo ello demuestra que las nuevas generaciones no están (ni muchísimo menos) libres de este pesado estigma.

La batalla contra la violencia de género empieza en las aulas. En la educación. Es necesario transformar el filtro a través del cual medimos nuestro entorno social para plantarle cara al machismo. Y eso pasa necesariamente por enseñar a los más pequeños valores tan imprescindibles como la equidad entre ambos sexos, la anulación automática de los roles y las etiquetas y la igualdad de oportunidades. ¿Cómo será la sociedad del futuro cuando ahora, en el presente, casi veinte adolescentes de cada cien sufren o han sufrido el control déspota de su pareja? ¿Cómo será la sociedad del futuro cuando desde niños aprendemos que el amor tiene que ser incondicional, dependiente, y pasar por encima de tus propias prioridades por el bien de la pareja? ¿Cómo será la sociedad del futuro si no aprendemos de nuestros errores y no garantizamos a nuestros hijos aquello que, por pertenecer a otra época y a otros tiempos, nosotros no pudimos tener?Violencia de género

Llegados a este punto cabe  replantearse si las medidas adoptadas por las instituciones y los organismos públicos están yendo por el camino adecuado. Si bien es cierto que es de vital importancia ofrecer plataformas anónimas y protección jurídica a las víctimas, así como asesoramiento y  campañas de concienciación, no son por sí solas herramientas suficientes. Para acabar con la violencia machista hay que arrancar la desigualdad entre sexos de la estructura cognitiva de la sociedad, de la cultura, de nuestras retinas. Para paliar la violencia de género hace falta un esqueleto jurídico que garantice la igualdad, que fomente la libertad y rebaje las etiquetas, que deje de darle al niño un destornillador y a la niña unas muñecas. Sin unas leyes que aboguen por acabar con este machismo encubierto los violentos seguirán ganando. Y las mujeres, perdiendo.

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