Tauromaquia: arte y tradición no son suficientes

 

Publicado en el número de septiembre del periódico local Infotúria:

Todo el mundo lo mira. Gritan cosas que no entiende y hacen gestos violentos contra él. Alguien le propicia un fuerte golpe en una de las extremidades. ¿Qué está pasando? Un calor abrasador le inunda la cabeza. No entiende nada. Está aturdido. Y la única escapatoria que tiene es correr de un lado para otro mientras le tiran objetos desde los balcones. Hay mucho ruido y huele a humo. Un humo que no le deja respirar. Solo le queda defenderse. Defenderse con sus  cuernos del otro animal que tanto daño le está haciendo.

Lamentablemente esta situación se repite con asiduidad en la Comunitat Valenciana. De los 1844 pueblos que la componen pocos prescinden de los toros para celebrar sus festejos. Desde junio ya han muerto en la Comunitat cinco personas, doce en toda España. Datos preocupantes si además se atiende a que, desde el año 2000, un total de 74 personas han muerto en este tipo de fiestas. ¿Puede una tradición seguir siendo el respaldo de una actividad tan peligrosa e inhumana?

El debate sobre la tauromaquia está siempre a la orden del día. Los principales argumentos que defienden esta práctica se pueden reducir a una sola fórmula: es arte y también es tradición. Aunque son coreados por todos aquellos que defienden las corridas de toros, estas razones carecen de fuerza y de sentido. La historia está repleta de tradiciones que dejaron de serlo cuando el sentido común del hombre y la conciencia de comunidad evolucionaron. A nadie en su sano juicio se le ocurriría encerrar en una plaza a un león y a un militar para que lucharan hasta su propia muerte, por muy tradicional y divertido que fuera en la época romana, en el siglo III después de Cristo. A nadie en su sano juicio se le ocurriría tener a un esclavo en el sótano de su casa a base de pan y agua para que sus labores domésticas sean más llevaderas. A nadie en su sano juicio se le ocurriría quemar viva a una persona solamente por sus creencias religiosas. Por suerte, los tiempos cambian, y la forma de pensar del ser humano también.

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El arte del toreo es tan relativo como el arte de robar, el arte de matar o el arte de mentir. Uno puede desarrollar unas cualidades óptimas y envidiables para desarrollar cualquier acción. Puede ser el mejor de todos y cometer el crimen perfecto. Robar a todo el mundo sin que nadie se dé cuenta. Llevar una doble vida y engañar a todo el mundo. Pero, que seas bueno en algo, ¿convierte ese algo en bueno, respetuoso o correcto? El saber hacer bien cualquier actividad no significa tener carta blanca para desempeñarla por encima de nociones morales y justas.

Hoy en día todo el mundo parece estar de acuerdo a la hora de juzgar a la persona que, por ejemplo, explota a los empleados en su negocio, que pasa sobres por debajo de la mesa a grandes cargos públicos o maltrata a su perro en el patio trasero de su jardín. Todas estas prácticas evidencian una falta de ética y una acción deleznable que pisotea los principios establecidos en la sociedad, producto de la lucha y de la evolución de la humanidad ¿Por qué no ocurre lo mismo con la tauromaquia? Puede que un toro no te traiga la pelota con forma de hueso que le tiras con fuerza a unos cuantos metros de ti. Que no sea un animal exótico que protagoniza unos cuantos documentales televisivos o que no se acueste a los pies de tu cama noche tras noche. Pero, ¿hay tanta diferencia entre un toro, un elefante o un perro? Todos son seres vivos. Todos piensan. Todos sienten.

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Quizá la disparidad entre especies radique en la imagen que se difunde de ellos. Mientras que el elefante aparece solemne en la selva y el perro agradecido con un gesto alegre, el toro se manifiesta en el imaginario colectivo como una bestia enfurecida, rabiosa y peligrosa. Si se analizara al animal en su entorno natural se deduciría que ninguna de estas cualidades son ciertas en su totalidad. Que no es tan malo ni tan temible. El toro se defiende. Al igual que el elefante. Al igual que el perro. Al igual que cualquier ser vivo.

Tradición y arte son dos argumentos cojos que no sirven para sostener la brutalidad con la que se trata a estos animales. El verdadero problema reside en la reflexión de fondo que suscita el debate: el ser humano es capaz de pasar por encima del dolor y del respeto para tener dos horas de diversión. Quizá sea la adrenalina que uno siente al escapar corriendo de su cazador, la superioridad y la seguridad que aporta el ser consciente de que puedes burlar el destino, o los nervios que afloran en el estómago al sentir el peligro a unos centímetros de distancia. Puede que la tauromaquia solo sea un gesto desesperado de la humanidad por volver a su origen instintivo, animal y natural. Pero encerrar a un ser vivo en un recorrido estrecho y agobiante, maltratarlo y matarlo a espadazos es de todo menos eso: natural.

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