Esencia artificial

Sin que nadie la vea, dobla la esquina de la página 249. El libro tiene más de mil. Y la razón por la cual escoge esa solo tiene que ver con el absurdo azar. Una libreta pequeña y vieja, como desgastada, aunque con las hojas inmaculadas, acompaña a la novela en su bolso de color marrón apagado. Por si las musas vienen a buscarla y le sale alguna frase ingeniosa. “¿Pero qué musas, idiota?” Apoyada con aparente rebeldía en la puerta del vagón de metro, se pone los auriculares. Son enormes. Blancos y azules. A juego con su iPhone seis plus. El último del mercado. Ni siquiera tiene la música encendida. “¿Pero qué voy a escuchar, si no me gusta la música?” Todo el mundo a su alrededor la mira. La analiza. Opina en silencio. ¿O no? Quizá solo sean alucinaciones. Decide calmarse. Saca el libro y lo abre por la página 249. Una tal Daniela lucha por el amor de un tal Víctor. “¿Qué mierda es esto? Si tampoco me gusta leer” El silencio se deja caer en su cabeza. “Pero, vamos a ver, ¿a mí qué me gusta?”. De nuevo el silencio. “A mí… a mí me gusta Lo que le guste a los demás”.

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