Una española y un argentino cambiando puntos de vista

Por cosas como estas, el pesimismo que siento hacia la raza humana disminuye. Hace un par de días vi un mensaje en la página de Facebook de Ni un segundo de silencio. Me sorprendí. No es lo habitual. De hecho no me había pasado antes. Era un chico muy simpático llamado Demián. “Soy argentino”, me dijo entre palabras propias de su tierra que yo, inconscientemente, leía con acento sudamericano. Me contó que su padre vivía en Barcelona, y lo que me preguntó a continuación me dejó un poco estupefacta: “¿Cómo está todo por allá? ¿Están en medio de la reorganización del país, no?”.

La visión internacional que existe sobre el caso español me asusta. Y eso es exactamente lo que le contesté. La situación en España a nivel político y social es bastante delicada. En Cataluña, debido a la crisis económica y el malestar que ha provocado, los partidos políticos que luchan por la independencia han aumentado su poder. Casi la mitad de los catalanes quieren la independencia de Cataluña, pero de momento no tienen el respaldo suficiente para conseguirla. Si bien es cierto que esta comunidad autónoma podría dejar de pertenecer a España, no creo que se pueda hablar de reorganización del país, pues es un término demasiado extremista. Que al otro lado del charco se tenga esa visión es, cuanto menos, alarmante.

“Aún así las cosas en España están llegando a puntos muy calientes”, continué. Hay mucha corrupción, no hay trabajo, gran parte de la ciudadanía sobrevive como puede con un sueldo muy bajo, los estudios son cada vez más caros, el IVA sobre los productos es muy elevado, las facturas de la luz y el gas se disparan, y existe mucha desigualdad entre clases sociales. Lo cierto es que los políticos nos tratan como a idiotas y no hacemos nada por cambiarlo.

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“Qué feo eso que me cuentas, Andrea”. Demián se quedó sorprendido. Su padre le había dicho que en España se vive bien. “El dice que allá hay mucha seguridad en las calles”, añadió. Y tiene razón. El problema es que estamos tan acostumbrados a que eso sea de ese modo que no lo valoramos. En nuestra estructura cognitiva social, compartida por todos, no caben miles de atracos diarios, acosadores violentos e incluso asesinatos. Que los hay. Pero no son la norma.

“Ahora, llega el cambio, ¿no?”. Preguntó Demián. Algo de razón sí que tiene. La izquierda está tomando el poder o, al menos, acercándose mucho a él. Aunque el problema español es más profundo. Parte de las miserias que vivimos hoy en día son consecuencia directa de la estructura política y jurídica sobre la que se asienta nuestra sociedad. “El cambio tardará en llegar. La derecha ha estado muchos años en el poder y ha optado por mantener medidas, leyes y estructuras políticas típicas de la época de Franco y de la transición”, le contesté. Ese estatismo por el que han optado las posturas más conservadoras ha terminado fracturando España. Cada vez somos más, cada vez hace falta más trabajo, más recursos, y sobre todo más modernidad política y social. “Si el gobierno no atiende a esas necesidades ocurre lo que ha ocurrido, que al final el pueblo se harta y quiere un cambio”.

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“Quizá es que como España es un país tan histórico e importante el cambio va más lento”, apuntó el argentino. Pues quizá tiene razón. Pero su reflexión no me animó a buscar una respuesta a lo rápido o lo lento que se produzcan los acontecimientos. Si no a la imagen que se tienen en Argentina de nuestro propio país. Es deprimente que yo, siendo española desde que nací, no vea a esta tierra sino como un lugar demacrado por la falta de dignidad de nuestros dirigentes. Como un país marchitado por una dictadura que todavía se asoma a escondidas en parte de nuestra estructura. Como un lugar que no ha sabido aprovechar la riqueza de su gente, sino pisotearla para vaciarle los bolsillos.

Es decepcionante. Incluso doloroso.

Lo más gratificante de esta conversación fue que, incluso separados por miles de kilómetros, y viviendo circunstancias bien diferentes, ambos llegamos a la misma conclusión: “Hace falta que la gente de a pie se meta en política, de lo contrario no hay nada que hacer”. Vivimos en un mundo en el que nos hemos acostumbrado a vivir para nosotros mismos. A preocuparnos solo porque no falte una barra de pan en la mesa. La raza humana ha dejado de lado valores como la solidaridad entre los iguales, la lucha por la comunidad, la convivencia, para cambiarlos por la soledad y el egoísmo más profundo.

Tanto Demián como yo, un argentino y una española cambiando puntos de vista, sentimos la misma desolación al ver en lo que nos hemos convertido. Una raza animal dispuesta a colonizar el mundo a cualquier precio.

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