Una promesa de hidrógeno y helio

              

– ¿Y por qué se hace de día y de noche, papá?

– Porque la Tierra gira alrededor del sol, mi vida.

– ¿Y por qué vuelan tan alto los pájaros, papá?

– Porque baten muy fuerte sus alas, y aprovechan el aire para poder llegar hasta el cielo, cariño.

– ¿Y ellos tocan las estrellas, papá?

– ¡No! ¡Las estrellas están lejísimos!

– Pues yo las veo muy pequeñitas. – la niña fija su mirada en un punto perdido de la calle y muestra un rostro seguro y orgulloso, creyendo que su padre, con aquella respuesta, estaba equivocado. – Pero, papá, ¿de qué están hechas las estrellas?

– Cecilia…- el padre se acuclilla delante de la pequeña y le acaricia las mejillas con una amplia sonrisa.- Creo que haces demasiadas preguntas. Nadie sabe de qué están hechas las estrellas. ¡No podemos ir hasta ellas para averiguarlo!

                                                                               *    *    *

De aquella historia hacía ya unos veinte años, pero la recordaba a diario con nostalgia y algo de melancolía. Acompañando a esa escena siempre le acudía el momento en el que se despidió de su padre: “Te prometo que averiguaré de qué están hechas las estrellas, papá”. Él, un hombre enclenque y risueño, la abrazó. “No tengo la menor duda”, le contestó. En el fondo pensaba que aquella tarea era un imposible, pero varios años después Cecilia Helena Payne demostró su valía y su talento como astrónoma hallando la fórmula que la convertiría en una famosa física.

Corría el año 1923 cuando la joven Cecilia, de tan solo 22 años, decidió mudarse de Inglaterra a los Estados Unidos para conseguir el título superior en ciencia, algo impensable en Londres. Le costó mucho tomar la decisión, pero desde el primer momento supo que lucharía por su vocación. Cuando le llegó la carta de admisión en Harvard, bajó las escaleras de su habitación dando saltos de alegría y estrujó sin previo aviso a sus padres. Uno a cada lado. Aunque ella no lo supiera, ese sería el primer capítulo de la historia de alguien que consiguió asentar las bases de la astrofísica moderna.

Antes de tocar con sus nudillos la puerta de madera grisácea, respiró hondo. Sabía que las calculadoras de Harvard, al mando de Edward Charles Pikerin, el director del observatorio de aquella universidad, llevaban años realizando la misma labor. Quién sabía si aquel grupo de quince mujeres estaba hastiado de contabilizar y clasificar estrellas. Proveniente de un mundo de hombres, lleno de ambiciones y discriminación, su experiencia no la motivaba demasiado a pensar lo contrario. No obstante aquel grupo de astrónomas la recibió con una amabilidad deliciosa.

Annie Jump Cannon, la mujer que estaba al cargo del grupo, estableció una relación muy estrecha con Cecilia y no tuvo ningún reparo en compartir con la recién llegada sus propios descubrimientos. Llevaban varios años estudiando y clasificando estrellas. Tenían tanto material que ni siquiera ellas podían comprender qué era lo que realmente aportaba el agrupar cada astro. Pero el modelo era efectivo. Y las órdenes de Pikerin muy claras.

Rodeada por aquellas mujeres que trabajaban casi al unísono, utilizando amplias lupas y archivando en libretas todo lo que veían, Annie explicó a Cecilia cómo funcionaba el método que ella misma había desarrollado para realizar ese trabajo. La joven inglesa se sentía emocionada en un ambiente en el que por fin no desentonaba.

– La luz atraviesa el prisma colocado en el telescopio. Al hacerlo se divide en una banda mostrando los colores que la componen. Entonces podemos ver los colores rojos en un extremo y los violetas en otro. –empezó a explicar Annie.

– Eso es el espectro de la estrella.

– Pero este espectro muestra la presencia de líneas finas y oscuras. Al compararlas con otras líneas proporcionadas por sustancias brillantes en el laboratorio, podemos deducir de qué elementos químicos se trata. Además cada elemento tiene su propio espectro, único y característico.

– ¿Y qué elementos son los que contienen las estrellas?- preguntó Cecilia frunciendo levemente el ceño.

– Lo curioso es que los elementos tan familiares que vemos en la Tierra son los que componen los astros, Cecilia.

Aquel método le resultaba increíble. Poder analizar de qué estaban hechas las estrellas más remotas del universo constituía un gran avance. Cannon había descubierto, además, que se podía utilizar una secuencia continua de siete amplias categorías para clasificar las estrellas según sus patrones espectrales. Cada una de ellas fue designada con una letra: O, B, A, F, G, K, M. Pero las líneas espectrales de dos estrellas de la misma clase podían variar ligeramente. Estas variaciones fueron clasificadas en subcategorías de cada letra, designadas con un número. Las calculadoras de Harvard clasificaron miles de estrellas con este método, y dedujeron que entre 40 y 45 elementos presentes en los astros eran elementos pesados muy habituales en la Tierra.

– Con este descubrimiento hemos deducido que si calentáramos la superficie de la Tierra hasta hacerla incandescente su espectro sería muy similar al del Sol.

Cecilia se quedó perpleja. Aquellas deducciones no podían ser ciertas. Algo no encajaba, y se dispuso a averiguar el qué. Decidió calcular el aspecto que debían tener los espectros de los astros a lo largo de un alto rango de temperaturas. El resultado encajaba con el sistema de clasificación clásico de Annie.

– ¡Annie! Creo que tengo la clave para entender todos tus años de trabajo. – pronunció esas palabras mientras entraba entusiasmada en el despacho de Cannon.- ¡El espectro de cada estrella significa exactamente lo caliente que está! Tu clasificación es en realidad una escala de temperatura… De las más frías a las más calientes.

– ¿Has comprobado tus cálculos?- a Annie se le cayeron sobre la mesa todos los documentos sobre los que estaba trabajando. – ¿Estás segura?

– Sí, y ya le he enviado mi tesis al profesor Rassel. – Payne miró con los ojos brillantes a través de la ventana, aunque sin ver absolutamente nada – Las estrellas están formadas principalmente de helio e hidrógeno. ¿No es increíble?

Cecilia esperó varias semanas antes de que le llegara el veredicto del profesor Rassel, el decano de los astrónomos estadounidenses. Cuando vio el sobre de color hueso junto al resto de su correspondencia le temblaron las manos. “Siento verdadera lástima. Sus cálculos son erróneos. Es imposible que las estrellas se compongan de un millón de veces más de hidrógeno y helio que de elementos pesados”. Todo se balanceó. Su esfuerzo y su entusiasmo se desvanecieron en cuestión de segundos. ¿Cómo podía ser su teoría errónea? Había comprobado sus cálculos una y otra vez. Estaba segura de todas y cada una de las palabras que constituían su tesis. Pero si el decano, la máxima autoridad en su campo, había lanzado su negativa, nada podía hacer. ¿Cómo iba a estar él equivocado?

Cecilia Payne cedió a la autoridad y permitió que sus valiosas ideas quedaran silenciadas. Le faltó el valor para imponerse y defender lo que tanto trabajo le había costado. Por suerte su teoría volvió a despertar tiempo después. Pasados cuatro años, el profesor Rassel contactó con Cecilia para informarle de que su teoría era cierta. De que las estrellas están compuestas de hidrógeno y helio. De que se trataba de un descubrimiento que cambiaría las bases de la astrofísica del momento. Y es que la interpretación de las secuencias de los espectros estelares de Cecilia Payne hizo posible que se descifraran los procesos vitales de las estrellas y que se trazara la historia de la vida misma en el propio universo.

Cuando semanas después regresó a Londres a visitar a su familia, no lo hizo sola. A la hora del té, con mucho cariño sacó de su bolso un libro: “Atmósferas estelares, una contribución al estudio de observación de las altas temperaturas en las capas inversoras de estrellas”.

– ¿Qué es esto, cariño? – preguntó su padre mientras se incorporaba atento en la silla.

– De hidrógeno y helio, papá.

– ¿Cómo?

– Las estrellas. Las estrellas están hechas de hidrógeno y helio.

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