Albert Einstein: un religioso cósmico

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Einstein era mal estudiante y los profesores lo tachaban de holgazán :: NASA

Andrea López Zanón | Cuando aquella manecilla, semejante a la de un reloj, buscaba como por arte de magia el Norte, el pequeño Albert Einstein se quedaba maravillado. Por aquel entonces tenía cinco años, y nunca se había sentido tan hipnotizado como cuando, en las frías noches de la ciudad alemana de Múnich, cogía de su mesilla la brújula que le había regalado su padre y se ponía a dar vueltas sobre sí mismo. Daba igual lo que hiciera. Daba igual cuánto se moviera. Aquella manecilla siempre apuntaba al Norte. Esta debió ser la experiencia más mística, casi religiosa, que vivió Albert Einstein a lo largo de su vida.

El que algunos años después se convertiría en el físico teórico más influyente del siglo XX no podía entender ni el cómo ni el por qué la brújula apuntaba siempre hacia la misma dirección. Ya con cinco años Einstein empezó a sentir una admiración muy profunda hacia la naturaleza y hacia las leyes que la gobiernan, una admiración que iría en aumento con el paso de los años y que lo acompañaría el resto de su vida. Fue esta devoción permanente la que le llevó a reflexionar en innumerables ocasiones sobre el sentimiento religioso y sobre el concepto de Dios, lo que ha provocado que incluso a día de hoy el debate sobre sus supuestas creencias religiosas continúe abierto. No obstante el autor de la teoría de la relatividad especial y posteriormente la general, una de las aportaciones científicas más brillantes de toda la historia, tenía una visión muy personal a cerca de la religiosidad.

Cuando Albert Einstein se graduó en la Escuela Politécnica Federal de Zúrich, en Suiza, eran pocos los que apostaban por su talento. No fue un estudiante aplicado y no asistía a todas las clases. A pesar de ello, con 21 años obtuvo el diploma de profesor de matemáticas y de física sin demasiado esfuerzo. Eso no le sirvió para conseguir un trabajo en la Universidad, pero gracias a su compañero de clase y amigo, Marcel Grossmann, el que posteriormente le asesoraría a la hora de establecer la teoría de la relatividad general, entró a trabajar en la Oficina Federal de la Propiedad Intelectual de Suiza, en Berna.

Pocos fueron capaces de ver que aquel joven, aparentemente despreocupado y que dedicaba su tiempo a revisar patentes, era en realidad un auténtico genio. Tenía la capacidad de pensar en imágenes, y a menudo surgían en su cabeza cientos de ecuaciones. Albert Einstein quería encontrar una fórmula, quizá no más larga de tres centímetros, que albergara todas las leyes de la física. Quería sintetizar la belleza, la majestuosidad y el poder del universo en una sola ecuación. Cuando cumplió 36 años, después de dedicar gran parte de su vida académica a cumplir su objetivo, ideó la teoría de la relatividad general[1].

Pero Albert Einstein no destacó únicamente en el terreno de la física y la ciencia. Si bien es cierto que sus aportaciones ofrecieron una nueva forma de entender la gravedad, el tiempo, el espacio, la materia, la luz y el funcionamiento del universo, el físico teórico pasó a ser un icono mediático por su personalidad, su sentido del humor, su forma de entender la humanidad y su alto compromiso social para con la ciudadanía. Albert Einstein se convirtió en un gran divulgador científico y en una de las imágenes que mejor sintetiza los avances en la física del siglo XX.

El Dios de Einstein

La ciencia y la física no fueron los únicos ámbitos que despertaron el interés del genio alemán. Escribió una gran cantidad de artículos para revistas científicas[2], así como libros y ensayos, que no tenían siempre como telón de fondo el mundo de las ecuaciones. Uno de los temas sobre los que siempre reflexionó fue la religión y el concepto de Dios. Si se parte de algunas de sus citas más famosas, sin indagar en su obra completa, es fácil pensar que Einstein era un hombre religioso. Una de sus frases más polémicas, que el físico teórico dijo a la estudiante Esther Salaman en el año 1925, recoge: “Quiero saber cómo creó Dios este mundo. No estoy interesado en este o aquel fenómeno, en el espectro de este o aquel elemento. Quiero conocer sus pensamientos. El resto son detalles”. Afirmaciones como esta, y la costumbre de Albert Einstein de recurrir a la palabra Dios y religión en muchos de sus ensayos, constituyeron una de las principales causas que llevaron a la comunidad religiosa a demandar la figura de Albert Einstein como propia, ya que a priori podía parecer que encarnaba el mejor ejemplo de persona científica y religiosa. No obstante, y como afirma el Catedrático de Óptica de la Universidad de Valencia Eugenio Roldán, “para entender la religión de Einstein lo mejor es matizar que, cuando habla de Dios y religión, no utiliza estos conceptos con el significado que todos conocemos”.

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Aunque no se declarara ateo, es decir, persona que descree rotundamente la existencia de un Dios, sí se consideraba agnóstico y panteísta. El 14 de diciembre de 1922, en respuesta a la pregunta “¿Cómo entiende a Dios?”, realizada en una entrevista para la revista japonesa Kaizo 5, Einstein afirmó: “Mi comprensión de Dios procede de la profundamente sentida convicción en una inteligencia superior que se revela en el mundo perceptible. En términos comunes, se la puede describir como panteísta”. Por su parte, Richard Dawkins, en su libro El espejismo de Dios, define a las personas panteístas como individuos que no creen en un Dios sobrenatural, mas utilizan la palabra Dios como como sinónimo no sobrenatural de la naturaleza, del universo o del conjunto de leyes que rigen el modo en que ambos funcionan. Por otra parte define a la persona agnóstica como aquella que percibe ciertas afirmaciones, sobretodo relacionadas con la existencia o inexistencia de un Dios, como desconocidas o incognoscibles.Como el propio Einstein explicó, y eso es algo que se refleja en el libro Albert Einstein: El libro definitivo de citas, de la reconocida especialista en el físico alemán Alice Calaprice, la religión era para él una actitud de sobrecogimiento, de maravilla cósmica y de humildad devota ante la armonía de la naturaleza, más que la creencia en un Dios personal capaz de intervenir y controlar la vida de los individuos. En este sentido, Eugenio Roldán explica que el concepto que tenía Einstein de Dios no era en ningún momento el de “un Dios que obsequia y castiga a las personas, sino más bien el de la experiencia que uno tiene del todo. Cuando hablaba de Dios hablaba de la creencia de que el universo tiene un orden interno y que este es, al menos en parte, cognoscible”. Para el genio alemán, religión era “toda revelación que sufre el individuo por la cual entra en comprensión con el cosmos, con el mundo y la naturaleza que le rodea”. El propio Albert Einstein se refería a su religión como una “religión cósmica”. En el libro Conversations with Einstein, publicado en 1973 por el periodista y novelista Moszkowski, y producto de una entrevista entre ambos, aparece la siguiente cita del físico: “En todo verdadero investigador de la naturaleza se encuentra una especie de reverencia religiosa, porque le resulta imposible imaginar que sea el primero en imaginar las tramas extremadamente delicadas que conectan sus percepciones”.

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Einstein era fiel seguidor Spinoza, el filósofo racionalista holandés del sigo XVII, que afirmaba que el mundo material y la naturaleza no se podía diferenciar de Dios y que cuanto mejor se comprendía cómo funcionaba el universo más cerca se estaba de él. Esta tendencia estuvo muy presente en todas las reflexiones de Albert Einstein. En 1929, a través de un telegrama que envió al rabino Herbert S. Goldstein y que posteriormente se publicó en el New York Times, afirmó: “Creo en el Dios de Spinoza, que se revela en la armonía del mundo regido por sus leyes, y no en un Dios que se ocupa personalmente del destino y las acciones de la humanidad”. En este sentido, José Adolfo de Azcárraga, catedrático de Física Teórica de la Universidad de Valencia y autor del libro En torno a Albert Einstein, su ciencia y su tiempo afirma que “cuando Einstein pensaba en una divinidad lo hacía desde el panteísmo. Para él la naturaleza y los fenómenos de la misma era una imagen ‘sobrenatural’: le llenaba el espíritu. Más allá de eso, no era religioso, sino agnóstico”.

En definitiva, y según un ensayo publicado recientemente por David Alcalde Morales, Doctor en Ciencias Físicas, José Antonio Rojo, profesor de la Universidad de Zaragoza en el Departamento de Tecnología de los Materiales, y Leandro Sequeiros, profesor de Filosofía en la Facultad de Teología de Granada, titulado Un físico abre su corazón: Albert Einstein y la religión, el físico teórico más influyente del siglo XX se manifestaba en contra de cualquier religión motivada por el miedo, en la que los individuos buscan refugio en las doctrinas religiosas, pues la consideraba primitiva. También se oponía contra la religión moral, en la que los individuos siguen las normas establecidas por sus creencias compartidas. En cambio abogaba por su religión cósmica, una religión que no respondía a un concepto antropomórfico de Dios y que surgía de la admiración devota del universo, la naturaleza y las leyes que la regulan.

El físico danés Niels Bohr (izquierda) y Albert Einstein (derecha) discuten sobre la mecánica cuántica :: Universidad de Copenhague

El físico danés Niels Bohr (izquierda) y Albert Einstein (derecha) discuten sobre la mecánica cuántica :: Universidad de Copenhague

La religión en la ciencia de Albert Einstein

Albert Einstein dedica muchas reflexiones personales a la relación entre la ciencia y la religión. Aunque no podía explicarse las convicciones ateas de muchos científicos, tampoco podía comprender la creencia ferviente de los individuos en la existencia de un Dios personal[3] (de ahí su condición agnóstica y panteísta). Actualmente, la práctica totalidad de la comunidad científica asume que las creencias religiosas de cada persona no pueden influir en su trabajo, aunque sí en sus motivaciones. Eugenio Roldán explica que “las motivaciones religiosas o de cualquier otro orden juegan un papel decisivo en la manera de hacer un trabajo y en la aproximación intelectual”. El sistema de creencias de cada individuo “determina el punto de vista que se adopta para emprender una investigación”. No obstante “la ciencia tiene un método bien definido y al terminar el trabajo las creencias religiosas han de ser irrelevantes”. En este sentido, Azcárraga afirma que “un científico no puede dejar que su visión religiosa interfiera en su trabajo, “solo en el planteamiento del mismo”. Además remarca que “la ciencia tiene una ventaja sobre cualquier materia, y es que al final hay un juez, la naturaleza, la que decide si esa hipótesis de trabajo es correcta”.

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Una de las citas más célebres del físico teórico alemán del siglo XX, que ha mantenido vivo el debate sobre sus supuestas creencias religiosas y sobre la influencia de estas en su ciencia, recoge: “La ciencia sin religión está coja, la religión sin ciencia está ciega”. Einstein pronunció estas palabras en un simposio celebrado en Nueva York en el año 1940 sobre el papel de la ciencia, la filosofía y la religión en el desarrollo de la causa de la democracia americana. Es posible que tratara de parafrasear al filósofo Kant y a una de sus citas más célebres: “La noción sin intuición está vacía, la intuición sin noción está ciega”. Fuera como fuera, las palabras de Albert Einstein no quedaron exentas de polémica, ya que era necesario conocer la obra y personalidad del físico para no malinterpretarlas.En el caso de Albert Einstein esa religión cósmica que él mismo afirmaba sentir era su “motor para hacer ciencia”, según explica el Catedrático de Óptica. Einstein trataba de entender el universo “porque creía en el universo”. Todo su trabajo como físico vino motivado por el deseo devoto de “querer encontrar la anatomía y el funcionamiento de la armonía en el cosmos. Para él, Dios era comprender el universo”. El genio alemán llegó a decir, en un artículo que se publicó en New York Times Magazine en noviembre de 1930, que “la experiencia religiosa cósmica es la fuerza motriz más fuerte y noble detrás de la investigación científica”. José Adolfo de Azcárraga afirma que “la ciencia de Albert Einstein llevaba por sí una forma de pensar panteísta”, aunque no cree que “su ciencia influyera en su ética”. En cualquiera de los casos, según el catedrático de Física Teórica la relación entre Einstein y la religión “no era demasiada, y se mostraba muy respetuoso con las creencias religiosas del resto de individuos”.

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Para Einstein “la ciencia puede decirnos qué es, pero no que ha de ser”, en palabras de Eugenio Roldán. Por tanto para construir una moralidad por la que “regirnos en sociedad la ciencia no nos puede ayudar”. En este sentido Einstein entendía que la ciencia sin religión “se quedaba a medias, pues la religión (en el sentido en el que la trataba Albert Einstein) proporciona los objetivos para hacer ciencia y determina cómo y hacia dónde se dirige”. El físico alemán, debido a su elevado compromiso social, entendía que “todo su trabajo tenía que estar dedicado a la comunidad”, como explica Roldán. Estos ideales no le eran proporcionados por la ciencia, sino “por la religión en su sentido”. En definitiva, su religión cósmica y sus ideales personales le proporcionaban los objetivos, y la ciencia el método a través del cual conseguirlos.

En el caso de la mecánica cuántica, que explica la existencia del átomo y revela los misterios de la estructura atómica, Einstein sí se reveló en contra de su principio de indeterminación que describía un microcosmos probabilístico. Este rechazo vino motivado por sus creencias. Para él, la vinculación de Dios (entendido desde una percepción panteísta y no desde la óptica de un Dios personal) con el mundo era tal que todos los acontecimientos del mismo estaban regidos por el determinismo, es decir, a toda causa sigue un efecto[4]. Según José Adolfo de Azcárraga Einstein constituía una personalidad fuertemente determinista que negaba el libre albedrío. “Para él a toda causa seguía un efecto y en relación a la interpretación probabilística de la mecánica cuántica afirmó que Dios no jugaba a los dados”. Albert Einstein pensaba que la naturaleza no podía ser arbitraria, “que eso no era más que un reflejo de una descripción incompleta de los fenómenos naturales”. Cuando utilizó la palabra Dios en esa expresión, “lo que quería decir es que esa teoría compleja y correcta que lo explicaría todo, no juega a los dados”, como explica el Catedrático de Física Teórica. Aunque Albert Einstein fue uno de los impulsores de la mecánica cuántica, a lo largo de su vida se mostró en contra de la misma. No obstante los argumentos que aportaba eran tan depurados que contribuyó a mejorarla.

Conferencia Solvay en 1927, donde físicos de todo el mundo discutieron la nueva teoría cuántica. De los 29 participantes , 17 eran o se convirtieron en los ganadores del Premio Nobel ::Universidad de Copenhague

Conferencia Solvay en 1927, donde físicos de todo el mundo discutieron la nueva teoría cuántica. De los 29 participantes , 17 eran o se convirtieron en los ganadores del Premio Nobel ::Universidad de Copenhague

Albert Einstein y el judaísmo

La relación del físico alemán con el judaísmo ha sido otra de las causas que ha contribuido al debate sobre sus supuestas creencias religiosas. Aunque se definía como agnóstico confesó, ya en edad adulta, sentirse orgulloso de pertenecer al pueblo judío[5]. Durante su juventud Einstein no se identificó especialmente con la cultura y la religión judías. Sus padres eran judíos, instalados en el sur de Alemania, que se habían distanciado de sus raíces y estaban más interesados en conseguir un buen nivel de vida. No obstante, Albert Einstein recibió una instrucción privada en la religión judía cuando era niño. A la edad de doce años, momento en el cual aumentó su interés por la ciencia, se declaró “sin afiliación religiosa”, pero eso cambió tiempo después. Cuando él y su familia se mudaron a Berlín, pudo ver el trato lleno de prejuicios que recibían los judíos de Europa oriental en el preludio de la Segunda Guerra Mundial. Con el surgimiento del antisemitismo, Einstein, que ya había publicado su teoría de la relatividad general en el año 1916, sintió la necesidad luchar por la renovación cultural y espiritual del pueblo judío en contra del sionismo político, que se centraba en establecer un estado judío. Aun así, apoyó la creación de Israel como un refugio para el pueblo judío porque creía en su poder como comunidad y como fuerza cohesionadora.

A pesar de no declararse a favor de ninguna convicción religiosa, Albert Einstein se sentía identificado con el pueblo judío. En ningún caso esto supuso una contradicción. En el año 1920, a la Asociación Central de los Ciudadanos Judíos de Fe Judía, dijo: “No soy ciudadano alemán ni creo en nada que se pueda describir como una ‘fe judía’. Pero soy judío y me alegra pertenecer al pueblo judío, aunque no lo considero en ningún sentido como pueblo elegido”.

En 1908 Einstein fue contratado en la Universidad de Berna, Suiza, para ejercer por primera vez como profesor de matemáticas y física ::El Mundo

En 1908 Einstein fue contratado en la Universidad de Berna, Suiza, para ejercer por primera vez como profesor de matemáticas y física ::El Mundo

Ciencia y religión, ¿materias incompatibles?

Azcárraga opina que la relación de Einstein con el judaísmo no es incongruente, ya que cuando él se declaró miembro de la comunidad judía “lo hizo en el contexto de la II Guerra Mundial, cuando el pueblo judío iba a ser exterminado”, por lo que la presión de persecución que caía sobre este pueblo “hizo que se produjeran afirmaciones de reivindicación” hacia el mismo. Roldán, por su parte, matiza que para Einstein “el pueblo judío no era un pueblo elegido porque para él eso carecía de sentido”. No obstante creía en la identidad como comunidad de este grupo. “Se sentía identificado con la identidad y las tradiciones en las que él fue criado, y su carácter comprometido le llevó a defender la moralidad del pueblo judío”, afirma el Catedrático de Óptica. El propio Einstein dejó claro en 1920 su postura ante este tema cuando dijo: “Por mucho que me considere judío, estoy apartado de los ritos religiosos tradicionales”.destacado 4

El debate sobre Einstein y la religión es un ejemplo más de la relación, en muchas ocasiones conflictiva, entre la ciencia y la religión. Desde antiguo se ha instaurado una polémica entre estas dos materias que prosigue en la actualidad, predominando el prestigio de una (de la religión en la Edad Media) ya de otra (de la ciencia especialmente en la Edad Moderna). Se trata de dos formas fundamentales que la humanidad ha asumido para enfrentarse a la comprensión del cosmos y de cualquier asunto social y personal. La explicación religiosa busca el sentido universal y en él inserta los conocimientos particulares. La explicación científica, rechazando la subjetividad de las hipótesis religiosas, busca razones reducidas, objetivas y fundadas en lo empírico. Históricamente, y también en la actualidad, se ha buscado la solución de estas dos formas de intentar comprender el, llevándolas por caminos separados y contraponiéndolas. Una prefiere y se siente satisfecha con los datos de la revelación en una actitud devota y de fe, y otra opta por los conocimientos obtenidos de la observación y la experiencia física. Estas diferencias hacen que, en muchos casos, ambas materias sean prácticamente incompatibles.[6]

destacado 5En este sentido José Adolfo de Azcárraga opina que la ciencia no necesita de la religión y la religión no necesita de la ciencia. “Pienso que sus dominios son distintos y que la religión se va retrayendo cada vez más, en la medida en que ese dominio interactúa con el dominio de la ciencia”, añade. Además cree que cuando ciencia y religión se solapan en el estudio de un mismo asunto, “la religión no tiene más alternativa que, o bien retirarse o bien sumarse a lo que la ciencia dice”. Por su parte, Eugenio Roldán explica que la ciencia es un terreno de debate en el que existen “criterios de discernibilidad para decir si algo es correcto o no, es decir, hay un método que todos compartimos”. El problema viene cuando “uno tiene creencias firmes religiosas y otro, otras diferentes, por lo que no existirá nunca una base racional y sólida sobre la que debatir”. Llegados a este punto, Roldán opina que las religiones “no hay que defenderlas, sino compartirlas, porque de lo contrario se llegan a situaciones catastróficas”. Ambos catedráticos, al igual que defendió Albert Einstein, opinan que la religión es necesaria, en tanto en cuanto otorga a la sociedad de normas morales sobre las que se construyen y gracias a las cuales es más fácil convivir.

Sea como sea, la dulce historia de un niño que jugaba impresionado con una brújula dio como resultado a uno de los mayores genios de toda la historia. Una persona que, además de realizar las mejores aportaciones al mundo de la física, supo trascender y superar las murallas del entendimiento para hacer comprensible a la sociedad las complicadas ecuaciones que danzaban por su cabeza. Aunque tenía una visión muy personal sobre la religión, siempre siguió el camino del respeto, al igual que la manecilla de aquella brújula siempre apuntó hacia la misma dirección: el Norte. [i]

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Bibliografía

[1] Documental Albert Einstein, History Channel, 2013

[2] Instituto de Tecnología de California: Colección de publicaciones de Albert Einstein. Consultado en red: http://www.einstein.caltech.edu/

[3] William Daros, Religión y ciencia en el pensamiento de Abert Einstein, 2012, p 45, 46, 47.

[4] José Adolfo de Azcárraga, Entorno a Albert Einstein, su ciencia y su tiempo, 2007. ISBN: 9788437068732

[5] Hermes H. Benítez, Ph. D., Estudios de Einstein y la Religión, 2004

[6] Bertrand Russell, Religión y ciencia, 2001. ISBN: 9789681609382

[i] Todas las citas de Albert Einstein han sido tomadas de los libros: Albert Einstein, el libro definitivo de citas, de Alice Calaprice, 2014; Einstein y la religión, de Max Jammer, 1999; y de El espejismo de Dios, de Richard Dawkins, 2006.

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