Las plantas también se adaptan

Cuando el naturalista inglés Charles Darwin postuló su teoría de la selección natural en El origen de las especies (1859), se ganó un buen puñado de detractores. Entre los cuales se encontraba él mismo. Proveniente de un entorno profundamente católico ni él podía creer lo que había descubierto. ¿Cómo era posible que tras casi dos mil años creyendo que Dios había creado toda la forma de vida terrestre, averiguara que tanta biodiversidad respondía a un complejo sistema de adaptación? Aunque al principio pudiera parecer una locura, esta teoría, que postula que todas las especies de seres vivos han evolucionado a partir de un antepasado común mediante un proceso denominado selección natural, tenía mucho más sentido.

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Lo que hace más de ciento cincuenta años se percibió como la mayor herejía contra la palabra del señor, hoy en día es la teoría evolutiva más aceptada. No obstante en el mundo actual, un mundo en el que el ser humano ha aprendido a dominar casi en su totalidad al medio en el que vive, aquello de ‘adaptarse o morir’ parece carecer de significado. Aun así, en el mundo animal y vegetal esta máxima vuelve a ser la protagonista, por ello estudiar la evolución de los organismos vivos es una tarea imprescindible para comprender el metabolismo de los mismos.

Al estudio de esta evolución en las plantas se dedica el Jardín Botánico de Valencia. Fundado en el año 1567, el jardín fue un importante campo de cultivo de plantas medicinales. En el año 1802 la Universidad de Valencia decidió emplazar el Jardín Botánico en el lugar en el que se encuentra doscientos trece años después: en el Huerto de Tramoyeres, más allá de la antigua muralla de la ciudad, a unos cuantos metros de las Torres de Quart. Es el segundo más antiguo de España y actualmente dedica su investigación al conocimiento de la diversidad vegetal, de los procesos de evolución y las estrategias adaptativas de las plantas, de la conservación de especies poco comunes, endémicas y amenazadas de la flora mediterránea.

Cuando uno cruza el habitáculo circular que ocupa la entrada, en cuyo centro se levantan buscando la luz del sol varios árboles de una altura aproximada a un edificio de cuatro pisos, no se espera encontrar la gran diversidad de plantas de la que goza el Jardín Botánico. Es posible que tampoco se haya parado a pensar en por qué un alcornoque está rodeado de caucho o por qué las orquídeas pueden ser tan diferentes entre ellas. Es altamente probable que quede sorprendido al comprobar que la naturaleza es como un rompecabezas perfecto, un claro ejemplo del determinismo, en el que a toda causa sigue un efecto.

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El Alcornoque mediterráneo, o Quercus suber, un árbol de porte medio nativo de Europa y, en menor medida, de África, crea un abrigo de corcho alrededor de su tronco para transpirar y ser más resistente al fuego. Crece en zonas donde el verano es muy seco y donde son habituales los pinos, por lo que los incendios son la norma. El Alcornoque se ha adaptado a esta circunstancia utilizando el corcho como aislante y, además, desarrollando una asombrosa capacidad de renacer fácilmente después de un incendio, aunque de manera lenta. Es el ave fénix de las plantas.

Las Orquídeas, o Orchidaceae, son plantas monocotiledóneas que se caracterizan por la relación que establecen con los agentes polinizadores y por la complejidad de sus flores. Crecen en zonas elevadas de bosques tropicales buscando la luz y también un lugar donde establecer sus raíces de forma férrea, pues son epífitas, es decir, sus raíces son aéreas. Esta planta ha evolucionado coetáneamente con un tipo de insecto para reducir el número de competidores y asegurar su supervivencia. Las flores de orquídea son tan diferentes porque están hechas para cada tipo de polinización e incluso algunas simulan a la hembra para que copulen con ella.

Las planta carnívora, o planta insectívora, obtiene sus componentes nutricionales, aunque no de energía, a través del consumo de animales, normalmente insectos. Contiene agua muy ácida que la planta libera cuando el insecto o el animal (de pequeñas proporciones) se acerca a ella. Gracias al líquido ácido mata a los insectos que, además, no pueden salir del interior porque se resbalan. La planta carnívora los digiere completamente. Para poder ser polinizadas y asegurar su supervivencia, sacan la flor a una distancia suficiente para que los insectos puedan polinizarla sin ningún peligro.

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Otro tipo de planta, como el clavel de aire, que se alimenta de lo que recibe por el viento o la lluvia, ha aprendido a devorar sus propias hojas secas para poder sobrevivir. El cactus, por ejemplo, ha engordado sus hojas, su tallo y su raíz para poder almacenar más agua y ha armado de pinchas para ponerse a salvo de los herbívoros.

Estos son algunos de los ejemplos que atestiguan que, cuando Darwin se armó de valor para romper con casi dos milenios de tradición creacionista, no lo hizo en vano, sino que descubrió la razón de ser de todos los seres vivos que nos rodean, incluidos nosotros.

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