Los violentos son los otros

Hace unas semanas me quedé cuidando de mi sobrina. A sus tres años es más inquieta de lo que yo fui en toda mi infancia y, a veces, se muestra demasiado posesiva. Supongo que esta débil descripción serviría para definir al noventa y ocho por cien de los niños de todo el mundo. Pero como no los conozco, y aunque pudiera no querría tenerlos a todos bajo el mismo techo ni por un segundo, prefiero hablar de mi sobrina. Recuerdo que le regalé un peluche de Pepa Pig, la cerdita de moda entre los niños. Estaba pletórica con su juguete y no se quiso separar de él en toda la tarde. Como era de esperar, yo pasé a un segundo plano por culpa de un peluche de tela relleno de espuma y algodón. Cuando llegó la hora de merendar puse sobre la mesa unas galletas y una pieza de fruta para mi sobrina. Inocentemente le quité a la pequeña Pepa Pig de las manos y la senté en un lado del sofá. En qué mala hora… La niña se puso a llorar de manera desconsolada y me propició una buena palmada en el brazo. Intenté explicarle que aquello que había hecho estaba mal, que no se le pega a nadie, y que tenía que merendar para volver a jugar con Pepa Pig. Creo que no sirvió de nada. Realmente no entendía ni compartía lo que yo le estaba diciendo. Ella solo veía que su tía, que se había vuelto casi tan mala como la bruja de Blancanieves, le había quitado su juguete. Ni más ni menos.

En los días que siguieron pensé mucho en aquella experiencia. En ningún momento deduje que mi sobrina hizo lo que hizo porque sí, por un arrebato o por pura casualidad. Dar esa explicación ante cualquier cosa que pueda pasarte es superficial y, en ocasiones, cobarde. ¿Qué nos diferenciaba a mí y a la niña? Está claro que la madurez, la edad y la experiencia son, definitivamente, un grado. Pero ahí no estaba todo. ¿Qué hacía que yo, ante una situación que percibía como peligrosa, pudiera autocontrolarme y ella no? De pronto me topé con una realidad que a menudo aparece maquillada. Que somos animales, que nos movemos por los mismos instintos que cualquiera de ellos, que lo único que nos diferencia es el sistema de valores que nosotros mismos hemos construido.

Ahí tenía todo lo que necesitaba saber. Ser violento es el estado natural de nuestra condición animal. Protegernos en base a la ley del más fuerte es, sin duda alguna, el reflejo de nuestro instinto de supervivencia. Sin embargo es aquello que nos enseñan a inhibir. Nuestras estructuras cognitivas, ese esquema que en mayor o menor medida todos tenemos interiorizado y a través del cual valoramos cada una de nuestras experiencias, son el resultado del sistema cultural en el que nos movemos.

1266548534248_f Acudir, o no, a la violencia depende de nuestros valores compartidos. Claro está que dependiendo de cada sociedad esos axiomas varían, pero siempre parten de premisas comúnmente aceptadas que se nutren de la experiencia y de las tradiciones. Aun así, ¿qué hace que en la actualidad prácticas como las desarrolladas en el circo romano, en las que varios gladiadores luchaban hasta la muerte para el deleite del público, hoy sean percibidas como intolerables? En efecto, ese sistema de valores evoluciona con el tiempo y con la experiencia histórica de una sociedad.

Sea como sea, uno de los factores que determina en gran medida la noción que se tiene de violencia, y otorga las claves necesarias para identificarla y para etiquetarla como tal, es el discurso que se difunde a través de los medios de comunicación. En muchas ocasiones, la idea que llega a la sociedad de un determinado acto violento, sobre todo si se trata de conflictos entre dos culturas, es que uno de los agentes actúa en defensa propia. Todo el mundo termina creyendo que los violentos son los otros, y que la violencia que ellos practican está justificada y legitimizada.

A pequeña escala, si sintetizamos este proceso al que vive una niña de tres años cuya experiencia es mínima y cuyas estructuras cognitivas y culturales todavía van en pañales, deduciremos que para ella su actitud violenta está totalmente justificada, pues va dirigida a protegerse.

¿Significa esta razón que su actitud desmerezca el calificativo de ‘violenta’?

No.

Entonces ¿por qué se nos venden algunas prácticas violentas como justificadas y legítimas?

Por muchas razones que tengan, y por mucho que se respalden en la idea de que los violentos son los otros, siguen siendo métodos violentos que pasan por encima de cualquiera para conseguir sus fines.

¿Es esto ético?

Mi sobrina diría que sí.

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