Las virutas del ‘No’

La palabra ‘No’ es demasiado pesada como para decirla sin que se atasque entre los dientes. Es tan grande que no se puede evitar que restos de ella se queden en el paladar y caigan directos al estómago.

Cuando llega la hora de digerirlos el cuerpo se resiente. Las virutas del ‘No’ se mezclan con los jugos gástricos y se humedecen. Se hacen enormes y consiguen ocupar todo el espacio. Se agarran a la piel. No hay forma de arrancarlas. Al final se dispersan por todo el cuerpo y, al mirarlo, tan solo se ve el color apagado de las virutas del ‘No’.

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