Cuestión de fe

Se respira dolor por todas partes. Piernas y brazos de plástico cuelgan de las paredes. Alguna peluca y fotos blanquecinas salpican de historias el gotelé de color hueso. Es algo macabro. No hay ningún rincón en el que alguna plegaria perdida en el tiempo no se materialice en un objeto truculento. Cartas escritas con letras estridentes y curvadas. Vestidos de niña de los años veinte. Rosarios carcomidos y empolvados y el eco de todos y cada uno de los que han volcado sobre esos objetos la esperanza de poder seguir adelante. El suelo está desgastado. Es de azulejos antiguos y forman a lo largo de la habitación varios cuadrados grisáceos, uno más pequeño que el anterior. Huele a incienso eclesiástico. Pero ni el silencio más sepulcral del resto de la iglesia consigue silenciar la cantidad de sufrimiento que alberga la sala. Al fondo un marco muestra la imagen de dos hombres vestidos para ir a la guerra. Sonríen alegres. Despreocupados. Quizá hasta ilusionados por aquella prueba de valentía. En el lado inferior izquierdo un pequeño papel del color del café reza una oración y termina diciendo: “Adiós, hijos míos”. Sigue leyendo

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