Rugidos de fuego

Ni siquiera sé qué estábamos haciendo en ese momento. Creo que mi madre estaba cocinando y yo estaba arreglando un poco el salón para cuando mi padre llegara de la granja. Con el crudo frío de invierno siempre tratábamos de tener la estufa de leña encendida. Aunque cada vez era más complicado conseguir tocones para avivar la llama. Los recursos se iban consumiendo entre todos los del pueblo igual de rápido que se consumía el fuego.

Recuerdo haber escuchado un ruido ensordecedor. Como un golpe seco, un disparo de pólvora, una explosión oscura. Miré a mi madre asustada, como buscando alguna respuesta. Por su gesto supe que nada iba bien, aunque también adiviné que en el fondo de sus entrañas sabía que aquel momento llegaría.

Los disparos eran cada vez más frecuentes. Pero no se producían solos: iban acompañados por gritos desesperados que se silenciaban un instante después de aquel rugido de fuego. Un sentimiento de angustia permanente se posó en nuestros corazones. ¿Dónde estaba mi padre?

Corrí sin sentirme las piernas a los brazos de mi madre. Sé que ella intentaba formular alguna palabra, quizá trataba de tranquilizarme, pero ni siquiera podía ir más allá del jadeo asustado que manaba de sus pulmones.

Intuía que pronto llegarían. Yo también vivía en aquel pueblo, y no era ninguna cría. Había escuchado todos y cada uno de los rumores. Aunque mi madre quisiera mantenerme al margen de aquella cruel guerra yo estaba tan inmiscuida como lo estaba ella. Y ninguna de las dos lo buscamos.

Tiraron la puerta abajo. La madera vieja y húmeda no aguantó ni siquiera un segundo golpe. Cayó al suelo como me imaginaba que habían caído los dueños de las voces que se perdían después de los disparos. Creo que no pude ni reaccionar a tiempo y en cuanto quise darme cuenta tanto mi madre como yo fuimos arrastradas por el suelo y tiradas a la calle como si fuéramos animales. Dónde estaba mi padre… Eso era lo único que podía repetirme.

La nieve se había encargado de ocupar cada espacio de tierra durante la noche. Solo las huellas de aquellas personas que al igual que nosotras habían sido arrancadas de sus propias casas conseguían manchar de dolor el inocente blanco del agua transformada.

Nos empujaron hacia el medio de la calle junto con los demás. En sus caras había estupefacción, incomprensión, miedo. Sobre todo en la de aquellos que ya adivinaban nuestro futuro. Yo seguía sin ver a mi padre. Y mi madre seguía apretándome la mano tan fuerte que empezaba a no sentirla.

Ya no se escuchaba ningún disparo. Solo el silencio. Un silencio sepulcral. Mirábamos con los ojos llenos de preguntas a aquellos hombres de uniformes militares que nos cercaban en mitad de la nieve como si fuéramos un rebaño al que orientar. Nos devolvían ese gesto con una actitud prepotente, dominante, quizá asesina. ¿Qué querían de nosotros?

Por más que intentaba mirar más allá del cerco en el que nos habían metido no lo conseguía. Por mi cabeza solo pasaba el desgarrador chillido de aquellos que seguramente ya habían sido abatidos. Y por instinto trataba de alargar la vista por los pequeños espacios que había entre unos y otros para poder descubrir los cuerpos. Pero no podía ver nada.

Uno de los militares, quizá el más joven, tiró sobre la nieve su pesada mochila. Era de tela verde. Un verde que me recordaba a las hojas de los árboles en plena primavera. Cuánto deseaba que todo aquello se desvaneciera y corriera entre nosotros el dulce aroma de la naturaleza en flor. Nada de eso volvería. Y pronto todos lo descubriríamos.

Desde el suelo ninguno era capaz de mover un solo dedo. El militar seguía husmeando en su mochila. Algunos rezaban sus oraciones. Otros deseaban a gritos silenciosos que no fuera el arma que se los llevara para siempre. Yo mientras tanto solo podía refugiarme en los ojos de mi madre y preguntarle sin pronunciar palabra dónde estaba papá.

En apenas unos segundos una especie de artefacto alargado de tres patas se posó sobre la nieve. ¿Qué era eso? Creo que nadie allí lo había visto antes. Sobre ese caballete el militar enroscó un objeto, aparentemente pesado, que tenía una mirilla. Como si fuera una escopeta. El joven miró a través de él. ¿Iba a disparar? Mi madre se puso delante de mí y me rodeó con los brazos. Pude sentir cómo trataba de esconderme detrás de ella.

Con aire distraído el militar giró la mirilla del aparato un par de veces e hizo un gesto de aprobación a uno de los suyos. “¡DU FALLE AB!”. Miré a mi madre despavorida. ¿Qué quería decir? Pronto lo supimos. El soldado más mayor cogió del cuello al primer hombre que vio y lo obligó a levantarse de la nieve.

El militar que llevaba el aparato lo apuntó con la mirilla. ¿Iba a matarlo? De pronto pulsó un botón que tenía en la parte superior derecha. Un pequeño click, parecido al que se produce cuando rompes una rama para echarla al fuego, nos ahogó en el pánico. Sorprendentemente no pasó nada.

Uno tras uno fuimos cogidos por aquel soldado y levantados de forma violenta. Algunos gritaban. Otros lloraban. Y los más inteligentes intentaban dejar de sentir. Unos cincuenta clicks más y todos volvimos a nuestra formación inicial. Todos menos mi padre. ¿Dónde se había metido?

Pasamos un buen rato tirados sobre la helada nieve mientras unos treinta hombres saqueaban nuestras casas. Prendieron hogueras en mitad de las calles y quemaron allí nuestras ropas. Los objetos de más valor los metieron en camiones del ejército. No se nos estaba permitido hablar. Ni mucho menos quejarnos. Después de aquello a más de uno ya no nos quedaba absolutamente nada.

Temblaba de frío. O quizá de miedo. Me sentía cansada. Y no podía hacer otra cosa que llorar. Algo irrumpió mis pensamientos. Los míos y los de todo el mundo. Delante de nosotros se alinearon unos veinte militares, mientras el resto seguía vaciando nuestros hogares y quemando lo que no querían. ¿Qué iban a hacernos? Algunos sonreían. ¿Qué pasaba? Todos rodeaban con sus brazos unas gruesas escopetas.

Volteé la cabeza para tratar de entender qué pasaba, y allí, al final de la calle nevada en la que estábamos, cargado con un saco de leña, vi a mi padre. Se había retrasado y regresaba ahora de la granja. Mi madre y yo nos apretamos fuerte de las manos. Él nos salvaría. Seguro que sí.

Su gesto cambió de repente. Se volvió pálido. Con los ojos muy abiertos. Estábamos a al menos un kilómetro de distancia y pude sentir cómo se le perforaba el corazón. Quise salir corriendo. Lo único que recuerdo es que volví a escuchar de nuevo aquellos rugidos de fuego.

 

En honor a todas las personas asesinadas por el ejército alemán en la Segunda Guerra Mundial. Cuando invadían los pueblos, pequeñas aldeas alejadas y ajenas a la barbarie de aquel conflicto bélico, saqueaban sus hogares y los fotografiaban como si fueran triunfos de guerra justo antes de acabar con ellos. Esta es la mayor atrocidad humana vivida hasta el día de hoy. 

 

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