Ave Fénix

Antes de subir al autobús supo que no volvería a verla. Se había estado engañando con aquella ilusión desde hacía demasiado tiempo y ahora la realidad le abofeteaba la cara. Creía que ese momento no llegaría y, sin embargo, ahí estaba, tirano y tranquilo, casi soberbio, señalándola con el dedo y riendo sutilmente. Supo que era el momento de reconstruirse, de volver a encontrarse a sí misma, quizá de aprender a ser la de siempre. No podía entender cómo había dejado que la vida la hundiese tanto.

El tiempo perdido ya no volvería. Habían sido demasiadas las tardes oscuras en las que se quedaba mirando a un punto fijo de la pared con las manos temblorosas y la ansiedad atravesando su garganta. Tantas que se habían convertido en su realidad. La vida que había pasado fuera de esas cuatro paredes ya no se podría recuperar. Pero no pensaba volver a lamentarse. Resultaba curioso la cantidad de cosas que había sido capaz de pensar en tan solo veinte minutos de trayecto en autobús. Cuando pisó de nuevo el asfalto lo hizo con más seguridad que nunca. Había llegado a la conclusión de que pasara lo que pasara no volvería a dejar que la acribillaran hasta convertirla en polvo; y de que fueran quienes fueran los que se cruzaran en su vida aprenderían a respetarla y a querarla tal y como era. Eso era exactamente lo que ella iba a hacer a partir de ese momento.

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