Las bacterias del Pleistoceno y tu entrecejo

Después de un largo día de trabajo en la mina, no hay nada que reconforte más a un hombre que beberse una cerveza y dedicarse a la costosa labor de arreglar algo de la casa. Aunque en este caso hayas estado todo el día tocándote las narices, bebas agua mineral porque el agua fría te constipa la garganta y seas una mujer. Pero, oye, una también es feliz cumpliendo tópicos.

Pues sí. Esa ha sido mi ocupación de hoy: he conseguido arreglar mi ordenador. Bueno, arreglar… Digamos que he estado enfrascada en el maravilloso mundo físico de la tecnología. Todo gracias al esfuerzo, la concentración, y la fuerza de voluntad. Vamos, que he cambiado una puta pieza por otra y me he vuelto loca para saber dónde iban las malditas clavijas. Porque no os estoy hablando de un portátil de última generación. Ni siquiera de uno de esos gordotes que ya están curtidos en años. No. Os estoy hablando del padre de los ordenadores. De la antigüedad más longeva. Algo así como la primera bacteria con patas que pobló la Tierra por allá por el Pleistoceno. Sí. Habéis oído bien. Pleistoceno. Yo lo acabo de descubrir. He buscado en la Wiki y, oye, que es una época de estas muy viejunas en las que se divide la evolución de nuestro planeta. Pero bueno. Esa es otra historia.

La cuestión. Que sí. Que habéis acertado. Un ordenador de los de mesa. De esos que van con el cable directo del teléfono para entrar a Internet. De esos que parece que vayan a despegar y que alcanzan temperaturas tan altas que son capaces de derretir el hierro. De esos que se estilaban cuando lo de: “Hasta las seis no puedo conectarme al Messenger”. Apunte para los más jóvenes: el Messenger era el lugar de encuentro virtual entre personas de todo el mundo antes de que se pusiera de moda el Facebook. O el Tuenti. O el Twitter. Las personas adultas (que no maduras) como yo lo sabrán muy bien. Pero, de nuevo, esa es otra historia.

El quit de todo este rollazo que estoy aquí soltando es que… en fin… lo más difícil no ha sido arreglar el ordenador (a partir de este momento, me referiré a él como a la “reliquia”). Ni mucho menos. Lo más difícil, el verdadero reto, ha sido enfrentarme con serenidad a la cantidad de información, entendiéndose como tal fotos, vídeos y colages de la época de Internet a las seis que he encontrado en la reliquia (ordenador viejo, el del Pleistoceno).

¿Vosotros sabéis la de cosas que había aquí dentro? ¡Por Dios! Si piensas que estás orgulloso de tu pasado, que tú no hiciste las idioteces que tanto juzgas en otros adolescentes en la actualidad, ESTÁS MUY EQUIVOCADO. Es como abrir la caja de Pandora. Y joder, con la ‘japuta’ de la Pandora. Te fastidia pero bien.

De repente empiezan a venirte a la mente la cantidad de ridiculeces, porque no se le puede llamar de otro modo, que hacías cuando eras un crío. Y lo más importante: del bigote que lucías sin pavor alguno. Incluso si eres mujer. Que nosotras nos depilamos (si eso), pero también venimos del mono… aunque a algunas se le note más que a otras. La cuestión: nunca te pongas a mirar fotos de cuando eras adolescente.

Te das cuenta de tantas cosas… Y sobre todo, te preguntas: ¿Pero quién cojones me creía? O: ¿Pero que hacía con esa ropa? O: ¿No sabía que en ese entrecejo ya tenía a bacterias con patas (las del Pleistoceno) construyendo aldeas en las gruesas raíces de mi bello juvenil? Por Dios… Qué locura.

Es entonces cuando puedes analizar la evolución de tu adolescencia con algo más de perspectiva. Poca, pero alguna. Y terminas luchando con todas tus fuerzas contra ese pensamiento que se repite en tu cabeza: “Qué coño pensarían de mí…”. Pero, la verdad, es que no vale la pena martirizarse. Cuando tú eras una cría pensaban de ti exactamente lo mismo que piensas tú hoy en día de los chavales de ahora. Y no puedes hacer nada por cambiarlo.

Al final te resignas, cierras todas las carpetas infinitas de fotos que te hacías cara el espejo e intentas levantar la barbilla con el poco orgullo que te queda.

En fin. No quiero alargarme más. ¿Mi consejo? No arregléis nunca vuestra reliquia.

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