La culpa es de las tallas

“¿Cuántas prendas llevas?” Y ahí ya se fastidia el invento. Mientras pones cara de “atiquénaricesteimportaguarra” te toca sacar la mejor de tus sonrisas, meter tripa y volcar el carro de la compra sobre la mesa de la dependienta. “Llevo veinte, veinte pantalones”. Entonces la luz oscura se cierne sobre el rostro artificial de esa barbie. La misma a la que le hacen la ola cuando entra a una tienda de cosméticos. No por guapa. Sino porque lleva sobre sus mejillas el maquillaje que una persona mortal se pondría hasta alcanzar segundo tercio de su vida. “¿Algún problema?”. Y en su cara anaranjada ves la viva imagen del cabreo. “No… para nada. Solo que el máximo de prendas que puedes entrar al probador son 9”. A lo que tú, intentando disimular la gota de sudor que te ha provocado el hecho de recorrerte toda la tienda en busca de ese valioso tesoro, le gritas para tus adentros: “Venga coño, ¿crees que voy a abrir un portal mágico tras el espejo del probador con mi barita de Hogwarts y voy a volatilizar estos pantalones?”. Pero en ese momento la educación llama a tu puerta, y no te queda más remedio que dejarle entrar: “Vale. Pues haré tres viajes”.

Y así, con las pelotas bien remeneadas, entras al probador llevando contigo nueve pantalones. Y hay de todo, no te creas. Ceñidos, acampanados, con cremallera, de botones, oscuros, claros, de tío, de tía… Es pura probabilidad: alguno tendrá que entrar. Pero el verdadero reto no es (ni mucho menos) que esos artículos cedan hasta el ‘extasio’. No. De eso nada. La verdadera prueba de supervivencia está en conseguir entrar en ese minúsculo habitáculo de metro y medio por metro y medio decorado con un espejo trampa que reduce tus caderas y alarga tu figura y cerrado, si es que se puede calificar de ese modo, con una triste cortina que ni siquiera llega a los extremos de la cabina. ¿Que no quieres que te vean mientras te pruebas ropa con cara de amargada? Mala suerte. ¿Que no quieres que toda la tienda se entere de la cantidad de celulitis que acumulas en las piernas cual rebollones en el Pirineo aragonés? Mala suerte también. ¿Que simplemente querías caber de forma holgada (o de cualquier forma, tanto da) en ese maldito probador? ¡Pues mala suerte también!

Pero sabes que lo conseguirás. Seguramente te cueste el buen estado de tu sistema nervioso. Pero sabes que podrás. O al menos eso quieres creer cuando miras con un atisbo de ilusión los pantalones que has encontrado. Entonces tu esperanza no te hace ver el inminente desenlace. Que es, como no podía ser de otra manera, que ninguno de esos 9 artículos te cabe.

Aunque a veces hay que reconocer que no es solo tu esperanza la que habla por ti. Si no tu madre. Mejor dicho, el optimismo de tu madre. Nunca sabes cómo lo hace, pero en el preciso instante en el que has conseguido acomodarte en el probador, ahí está ella, como si hubiera surgido de la nada. En ocasiones hasta puedes ver una neblina maléfica que la envuelve. Como las brujas de las películas animadas que aparecen en un santiamén con un leve chasquido de dedos, pues igual. Ahí empieza la locura. Mientras, tú te miras al espejo y te ves como una auténtica ballena fuera del agua moviendo con espasmos tu cuerpo sudado. Pero espasmos de verdad: es la única forma de conseguir que esos malditos pantalones suban. “Pues esos no están nada mal, ¿por qué no te los quedas?”. “¿Y por qué no te callas?”. Te dan ganas de responder al puro estilo ex rey de España. Pero como siempre, la educación hace de las suyas, y simplemente te dedicas a no contestar.

Después de cinco pantalones fallidos empiezas a contagiarte del optimismo de tu madre. “Oye, pues me hace mucho culo, pero joder, es que soy una mujer de verdad”. Esa es la típica escusa que resuena en tu cabeza para fingir que el elevado tamaño de tus jamones se debe a que eres “una mujer de verdad”, y no a que comes como Falete en un Wok. Sin saber muy bien por qué, terminas separando esos pantalones y colocándolos en el montón de las prendas que sí comprarás.

Porque esa es otra. La lucha eterna por encontrar un hueco en esa caja de zapatos para separar lo que te llevarás de lo que no. Al final terminas por no encontrar ni los pantalones con los que has venido. A los que, por cierto, y como siempre, se le han caído de los bolsillos hasta el envoltorio del chicle que te comiste hace dos días (porque claro, no tienes otros pantalones que ponerte y llueva o haga calor siempre vas con los mismos). ¿Cuántos céntimos encontrarán los limpiadores cuando vayan a adecentar los probadores? Yo creo que es otra fuente de ingresos para la tienda y que todo forma parte de un complot. Pero bueno, esa es otra historia.

La cuestión es que tú sigues probándote pantalones. Uno tras otro. Intentando abrochar cremalleras. Botones. Intentando disimular barriga. Intentando sobrevivir. Cuando llevas unos quince ya pierdes la cuenta. “¿Te busco una talla más?”. De nuevo el optimismo de tu madre. “A ver, mamá, esta era la talla más grande”. Pero ella, obcecada, sale del probador (en el que ha conseguido meterse contigo, un nuevo misterio que se suma a las capacidades sobrenaturales de una madre) en busca de algo que le quepa a su abultada hija.

Después de tres agradables visitas a la dependienta, aquella del maquillaje, aquella del tipín, aquella de los tacones-andamio, tan solo te queda una prenda más por probarte. Y, joder, esa, como no podía ser de otra manera, tampoco te cabe. “Pues mira que esos son bonitos, ¿eh? Cógelos anda, si total te quitas dos kilos y te vienen bien”. ¿Pero de dónde ha salido? “A ver, mamá, si yo pudiera perder dos kilos no estaría aquí probándome 19 pantalones”. Y en ese momento te deja sobre la butaca para niños de 15 meses, digo niños y meses porque ahí no le cabe el culo a una persona medianamente adulta, cuatro pantalones más. Tu sorpresa llega cuando, al mirarlos, te das cuenta de que son para mujeres embarazadas. Si las miradas mataran tu madre estaría hablando con San Pedro en ese momento. Pero no te queda otra más que darle las gracias, coger el pantalón que te has quedado (por supervivencia estética y por ir vestida, no porque te gusten ni te vengan holgados) y salir de allí.

Cuando le vomitas a la dependienta todas esas prendas que no te has quedado el sudor hace carreras en tu frente. Ella te mira con cara de: “Aquí hay 18… ¿Sólo te quedas uno?”. Tú la miras con cara de: “No me toques las narices que te cojo la lengua y me hago una rebeca de entretiempo”. Por el contrario, le sonríes de la manera más humana posible y finges que has cogido una talla más de la que en realidad tienes.

La depresión llega luego. A medida que cruzas la tienda para salir a la calle empieza a crecer en ti un sentimiento anti-delgadas que te cabrea soberanamente. A partir de ese momento todas las críticas van dirigidas al tamaño de las tallas que utilizan las grandes empresas. “No te preocupes, ¿no ves que en cada sitio utilizan la talla que les da la gana?”, dice tu madre apoyándose en tu hombro. Pero todo son intentos fallidos por hacerte ver que en realidad, no estás tan gorda ni tienes tanto ruedo como Saturno. Aunque pueda parecerlo.

Pero bueno, allí estás tú, subiendo al coche de tu padre, con una bolsa que contiene lo único que has podido comprarte y explicándole al buen hombre que no te ha gustado nada de lo que has visto. ¿Sabéis que es lo mejor? El helado que automáticamente después de unas compras frustradas vais a merendar. Y no es culpa vuestra. Ojito. La culpa es de las tallas.

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