Suya y de nadie más

Le gustaba tanto aquella muñeca que incluso dormía con ella. La tapaba hasta donde llegaba la manta y se despertaba si no la sentía a su lado. Al amanecer, la estrujaba entre sus brazos y la llevaba con ella a todas partes. Tanto la cuidaba que a veces se olvidaba de sí misma.

Solo le importaba la muñeca. Su muñeca. Suya y de nadie más. Cuando llegaba al colegio algunos de sus compañeros le preguntaban si podían jugar con ella. Y la respuesta siempre era la misma. “No”. Detrás de esa contestación había algo más que un simple monosílabo. ¿Cómo iba a consentir que alguien se acercara a su muñeca? ¿Cómo iba a desproteger de aquella forma tan inconsciente lo que para ella era lo más importante? ¿Cómo iba a permitir que otras personas la utilizaran, jugaran con ella y la dejaran olvidada a los pies de cualquier tobogán? No. Ella no podía dejar que nadie la pisoteara. Lo que nunca llegaría a imaginar es que, años después, aquella niña convertida en mujer todavía seguiría cuidándola, sin darse cuenta de que, en realidad, la muñeca no era más que el reflejo de su propia alma.

 

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