En yates de primera clase

Ni siquiera llovía. Pero ella sentía el peso de un océano embravecido sobre sus hombros. No podía articular una sola palabra sin que aquella masa de dudas y temores le entrara por la boca y se le arremolinara en la garganta.

Así se había acostumbrado a vivir, y hacía demasiado tiempo que los parches que colocaba en su flotador salvavidas habían dejado de protegerlo. Dentro de aquel inquieto océano ella se dejaba llevar por la corriente. Sin norte, sin rumbo, sin nada que poder hacer para calmar las aguas. Era como un mal sueño. Un sueño en el que su vida seguía aunque su alma se hubiera detenido. Un sueño que la perseguía y se transformaba en realidad cada vez que intentaba coger aire. Un sueño que pasaba desapercibido para todos aquellos que surcaban la vida en yates de primera clase.

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