Mi Facultad no tiene césped

Sí. A mí me sangraron 1.458 €. Sí. Has leído bien. Es un punto. No una coma: mil cuatrocientos cincuenta y ocho euros. Sí. En pesetas más o menos el sueldo que ha ganado mi padre en unos diez años de actividad laboral: 242.591 pst. ¿Qué en qué me lo sangraron? En la matrícula de la Universidad de Valencia. Una matrícula estándar de 10 asignaturas. Bueno, vale, de 11: Instituciones políticas y contemporáneas, una asignatura muy útil para el correcto funcionamiento de todos los ámbitos que mi vida abarca, se me atragantó. Y como no podía ser de otra manera, eso aumentó en 360 euros la matrícula habitual. Pero bueno, esa es otra historia.

Ya de entrada no es un dato que te anime a emprender ese maravilloso camino en la Facultad. Un camino que, según tienes entendido, está rodeado de buen ambiente, de jardines con césped del verde más brillante que has podido ver en tu vida, de juerga, de fiesta, de juegos de cartas en la cafetería y de novatadas a los principiantes. Pero eso, queridos amigos, no es cierto.

Y e aquí una de las verdades que, seguramente, os destroce por dentro, os abrase, os quite las ganas de vivir (bueno vale, quizá no tanto, pero hay que despertar la intriga del lector, o así lo enseñan los maestros del periodismo). Aun así, preparaos: en mi Facultad (redoble de tambores) ni hay jardines, ni hay cartas, ni hay novatadas y, a veces, ni siquiera hay profesores.

De modo que, tú llegas a la Facultad en tu primer día de clase con la ropa más moderna que has encontrado en el armario. Con el pelo bien arreglado pero de forma que no parezca estrictamente ordenado y te dé un ligero toque “cool-despreocupado”. Caminando con cuidado pero marcando bien tus pasos y haciendo que parezcan seguros e incluso modernos (sí, se puede andar de forma moderna, y eso también se aprende en la Facultad). Y con la bandolera que utilizó tu madre cuando tenía veinte años para ir a sus clases de mecanografía. Esa bandolera vieja, deshilada, que te cuelga del brazo de forma casual y te ocasiona lentamente una dolorosa contractura cervical. Y todo para qué… ¡¿Para que no haya césped sobre el que tirarte a hacer chorradas con tu pandilla perfecta al salir del entrene como animadora?!

Venga hombre… Así no se puede mantener la motivación. Pero ni la motivación ni las ganas de vivir. Porque lo mejor está por llegar. Las clases. Esas clases tan productivas de tu primer año de carrera. Esas clases conocidas por la gente como “abstractas”, cuando en realidad saben que son una auténtica mierda. Véase: un hombre (o una mujer, tanto da) dudosamente cualificado subido a ese distante pódium desde el cual escupe, y escupe, y escupe cosas que a ti, en realidad, ni te van ni te vienen. Lo peor de todo es que a veces escupen, pero escupen de verdad. Cuando ese ente de saliva con vida propia levita por el cielo y se posa desafiante en un rincón de tu mesa, o en tu mano, o en tu libreta, o en la mochila de tu madre, piensas: “¡Joder! ¡¡Este guiñapo me ha costado 360 €!!”.

Los de la matrícula. No nos perdamos. Aunque bueno. Con el Plan Bolonia todo está mucho mejor. Seguimos siendo cien en clase encarados al discurso repetido de algún profesor/a. Pero como la asistencia es supuestamente obligatoria tienes la oportunidad de sentirte rebelde cuando no vas a clase. Porque si no, ¿dónde te vas a sentir así? ¿En el césped? Ah, no. Que no hay.

Dios, muero por dentro cada vez que lo pienso. En fin. Luego pasa el curso y te das cuenta de que esas asignaturas “abstractas”, es decir, puta mierda, se disipan en detrimento a otras mucho más productivas. Véase: Historia, Historia de la Historia, e Historia de la Historia de la Historia. En ese orden y no en otro. Y por casi 400 € cada una. De verdad, una auténtica ganga. Cómo vas a motivarte con tal panorama, cuando lo que escuchas son teorías sobre cómo es el oficio para el que te estás formando y te das cuenta de que es un concepto totalmente opuesto al que tú aprecias cuando bajas a la realidad. ¿Sabes cómo mejoraría esto? Lo has acertado. Con césped.

Luego ya te vas dejando. Lentamente. Poco a poco. Sustituyes la mochila de tu madre por una de marca Carrefour que aguante bien la cantidad de libros absurdos que te hacen reseñar (resumir, pero en pijo), empiezas a comer, a recogerte el pelo para que no te moleste cuando te enfrentas a esos infinitos guiñapos, y a preguntarte hasta la saciedad qué narices haces con tu vida.

Pero vas tirando. Lentamente. Poco a poco. Y tu alegría llega cuando te pones a hacer “prácticas”. Eso que suena tan universitario pero que, en esencia, son deberes para casa. Sí, eso mismo para lo que… ¡Muy bien! Has pagado casi 400 €. Y para lo que, evidentemente, no estás preparada. Entonces te das cuenta de que casi cuatro mil euros después y tres años de carrera no sabes hacer absolutamente nada. Y también te das cuenta de que la Historia, la Historia de la Historia y la Historia de la Historia de la Historia no te sirve para nada.

Es duro. Es muy duro. Pero más duro es pensar que mi Facultad no tiene césped.

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2 comentarios en “Mi Facultad no tiene césped

    • Andrea L.Zanón dijo:

      Pues me indigna mucho que no utilices el césped!! Jajajaja lamentablemente detras de alguna que otra pincelada de humor se esconde una verdad muy grande: la ineficienciade nuestro sistema educativo. Gracias por compartir y comentar. Un saludo!

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