Diario de una despedida III

Cada segundo a tu lado era para mi como un regalo. Sabía que pronto partirías, y mi misión rutinaria era decirte a la cara lo mucho que me importabas. Tu mirada se iba apagando con el paso de los días. Tu cuerpo ya no respondía como lo hacía antes. Las manos te temblaban y las palabras se te hacían cada vez más impronunciables. Pero yo solo estaba ahí para cuidarte.

Para animarte. Para hacerte la vida más fácil. Recuerdo con nostalgia tu voz entrecortada. Rasgada. Agotada. Me sentía llena cuando me decías lo guapa que me veías ese día, lo bien que me portaba contigo o los pantalones tan feos que llevaba puestos. Entonces empezabas a reírte. Me encantaba tu carácter. Siempre dispuesta a salir adelante. Siempre pensando en un mañana y esforzándote por el hoy. Llena de esperanza y con una fuerza capaz de superar cualquier cosa. Pero todo se acabó. Ahora ya no estás. Y yo ya no soy.

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