Dominar su vida

Entonces apretó el gatillo. Tras un intenso ruido su cuerpo dejó de latir. Ya no había gritos, ya no había rabia, ya no había nada. Siempre se preguntaba cómo sería aquel momento, el momento en el que uno deja de existir. Y para su sorpresa, a él le había resultado profundamente gratificante.

Su alma inerte se sentía satisfecha, orgullosa, como quien termina el trabajo cumpliendo sus objetivos. Había sido capaz de dominar su vida, y ahora el mundo terrenal se le quedaba pequeño. No había querido despedirse de su mujer, pero la había educado de una forma tan severa que todo aquello no le importaría. Estaba seguro de que ella lo estaría esperando agradecida al otro lado de la luz. Estaba seguro de que aquella mujer imperfecta que él había moldeado a su gusto hasta transformarla en una nueva persona sería consciente, después de su muerte, de lo mucho que él la quería. Pero sobre todo estaba seguro de que, por muy violento y doloroso que hubiera sido su final, nada cambiaría entre ellos, pues ni tan solo en esa dimensión se atrevería a llevarle la contraria.

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