El Ámbar y el Supóforo

El color ámbar, de por sí, no es un color bonito. Y no me mires así. Lo sabes tan bien como yo. Pero coño, pues es necesario. Más de lo que pensamos. Aunque necesario en determinados ámbitos, ¿eh?, no nos vayamos a emocionar. Y es que una sudadera de color ámbar, mostaza o caca de paloma con indigestión no resulta agradable a la vista humana. Por no hablar de esos pantalones imprimidos en escupitajo de Homer Simpsons (por lo del color ámbar, mostaza, o caca) que tanto se llevan ahora. Pero bueno, esa es otra historia. La cuestión: que el ámbar es necesario.

Por desgracia, y digo desgracia porque soy animal de montaña y pueblo, yo vivo en la ciudad. ¿Tú sabes lo duro que es enfrentarte diariamente a cuarenta semáforos que juegan con tus nervios como si no les importara? ¿Lo sabes? ¡Es muy duro! Tú vas caminando por la acera, pensando en lo bonitas que son tus zapatillas (porque eso sí, en la ciudad casi nadie mira al frente) y de repente te topas con un semáforo. Con un semáforo en verde. Este es el sueño de cualquier cosmopolita, pero coño, no el mío. En ese momento se me sale el corazón por la garganta. Se me amontonan las ideas. Y termino teniendo tantas que no sé cómo actuar. ¿Hace cuándo que está en verde? ¿Me dará tiempo a cruzar? ¿Y si corro? ¿Pero y si lo hago y me “esmorro” (como dicen en mi pueblo) y todos estos imbéciles terminan riéndose de mi? Me agobia solo pensarlo.

¿Qué terminas haciendo? Esperar unos 5 segundos mientras tomas la decisión del día para luego terminar cruzando de igual modo. El resultado puede ser variado: o que tropieces (me ha pasado tres veces en mi vida), que no te de tiempo y termines siendo el objetivo de los cláxones de los imbéciles (que lo son por el simple hecho de tener coche y yo no), o que empieces a correr y al final descubras que tenías tiempo para haberte puesto a vender buñuelos al lado del que hace malabares.

¿Y cómo solucionamos esto? Tú que eres muy listo ya lo habrás deducido. ¡Pues poniéndole el colorcito ese tan bonito al monigote del peatón! ¡Sí, el ámbar! De ese modo yo sabría cuándo tengo que cruzar y le evitaría a mi madre algunos disgustos. No es que me hayan atropellado. Bueno sí. Cuando era pequeña. Pera esa es otra historia. Si no que cada vez que me “esmorro” contra el suelo rompo un pantalón. Y conforme están las cosas… ni yo quiero ir con medio moflete de la nalga al descubierto a la facultad ni mi madre quiere tirarse media semana cosiendo. No porque le cueste. Si no porque aquí, una que no se priva de nada, gasta unas cuantas tallas de pantalón. Pero esa es otra historia. Una historia que, por cierto, NUNCA contaré.

En fin. Que llegando a casa con el tranvía, una buena solución para no andar y evitarte los semáforos, lo estaba yo pensando. Con el ámbar todo sería más fácil. Pero no solo en cuestiones de circulación, si no en la vida en general (menos en la ropa, chicos, acordaros). Tú piénsalo: si todo el mundo tuviera un semáforo incrustado en el culo, todo funcionaría mucho mejor. Sabríamos qué hacer en cada momento. Si tirar para adelante, si pararnos, o si adoptar cierta precaución. Sería algo así como un supositorio semaforil, el Supóforo, o el Semasupo (aunque eso suena más a apellido chino). ¡Y yo dejaría de romperme cosas!

Pero, joder, a nadie se le ha ocurrido.

 

Anuncios

2 comentarios en “El Ámbar y el Supóforo

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

w

Conectando a %s