Hippies hoy; pijos mañana

“No me mires déjalo ya, que hoy no me he peinado a la moda”. Con esta idea tan superficial lanzaba el grupo Mecano uno de sus mayores éxitos: “Maquillaje”. Llama la atención que después de más de veinte años las cosas no hayan cambiado demasiado.

Moda. Un concepto un tanto ambiguo. Una estrategia más ideada por el hombre para calificar a su semejante. Una nueva herramienta para la mente humana en su tarea de separar a los individuos en los diferentes extractos que él mismo ha creado. Conociendo todos estos aspectos es decepcionante que algunas personas hablen de la moda calificándola como cultura, merecedora de secciones en diarios y de lujosos desfiles inalcanzables para el hombre de a pie.

Resulta todavía más decepcionante el fervor con el que los fanáticos de la tela defienden la moda. Alegan que es una forma de expresión. Que define personalidades. Que distingue a los individuos. “Habladurías del mundo”, como diría el cantante argentino Luis Alberto Spinetta entre acordes de guitarra y un refrescante sabor a rock. No solo no es una forma de expresión, no solo no ayuda a mostrar a las personas tal cual son con tan solo un vistazo a su indumentaria, no solo no distingue a los individuos como si la vida se tratase de una continúa batalla naval en la que haya que ir identificado para evitar un disparo inoportuno. Si no que encima resulta cara.

No obstante sus defensores continúan ahí, a pie de cañón, pensando que les sobran argumentos para eliminar de un plumazo alguna plana de diario a un determinado suceso con más trascendencia social para colocar con calzador el último desfile de las prendas de Agatha Ruiz de la Prada. No tienen en cuenta que en el momento en el que la moda viene estipulada por los cánones sociales y por las decisiones de las personalidades más adineradas del panorama económico deja de ser libre expresión, deja de ser algo definitorio, deja de ser algo que vuela con sus propias alas para convertirse en una mera etiqueta que moldea la personalidad de los individuos a su pleno antojo.

No deja de ser incendiaria la línea ideológica de los argumentos aquí presentes. Pero encuentran su razón de ser al analizar el comportamiento de la sociedad. Ahora todos aquellos que fueron hippies en alguna época, aquellos que fueron pijos en otra, o aquellos que fueron roqueros despreocupados en algún espacio efímero de tiempo se desviven por “seguir la moda”, por hacerse lo antes posible con esas camisas estampadas al estilo años cincuenta, esos zapatos anticuados que se venden a ochenta euros en cualquier escaparate, esos pantalones estrechos con la cintura a la altura de las axilas. Y creen que son auténticos, que son las únicas personas que lucen ese look, que forman parte de una especie de excepción en la manada social. Pero nada más cerca de la realidad, ya que se mire donde se mire se ve a decenas de personas encarnando ese mejunje tan desafortunado de prendas. Sin darse a penas cuenta, ellos son los que terminan encarnando hasta la saciedad aquella idea tan repetida en una canción perdida de la historia musical de España: “No me mires déjalo ya, que hoy no me he peinado a la moda”.

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