Sueños inmortales

Cuando era pequeño siempre jugaba con aquel soldadito de madera. Pasaba las horas imaginando mil batallas en las que nunca perdía. Todo el mundo que me rodeaba se convertía en una masa ligera que se retiraba a la vez que mi mente inocente establecía allí su campamento base. Era mi mejor amigo.

Recuerdo con tristeza el día que lo perdí. Yo a penas tenía ocho años, y con aquella experiencia la realidad se aseguraba de propiciarme con firmeza su primera bofetada, asegurándose de que nunca volviera a soñar con la misma inconsciencia. Mi compañero, aquel ser de extremidades articuladas que me regalaba la vida en cada una de sus historias se había disipado por alguna parte. Toda mi ilusión se destruyó ese día. Supongo que con el tiempo debí superarlo, aunque lo cierto es que, hoy por hoy, mientras inspiro la bocanada de aire de uno de los últimos suspiros de mi existencia, todavía sigo buscando mi soldadito de madera.

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