Necesidades innecesarias

Nada tengo que envidiar a aquellas personas que dicen tener el coraje suficiente como para superar esta hecatombe. Nada tengo que envidiar a los que, mirándose al espejo cada mañana, se recuerdan que el mundo está dónde está para que ellos puedan devorarlo. Nada tengo que envidiar a los que en lugar de respirar se embriagan en el aroma a falsa victoria. Nada envidio de todos estos héroes enmascarados que olvidan a diario que lo único que son, y lo único que serán, nada tiene que ver con lo que ellos en realidad creen. Nada me corroe por dentro cuando veo a esas personas que creyéndose por encima de la media se limitan a reproducir los comportamientos de aquéllos a los que admiran, sin nada más en sus bolsillos que un puñado de ego y un buen saco de autoestima exacerbada. Nada me enerva al ver a todas estas personas seguir patrones que ellos creen novedosos y que sin embargo ya fueron escritos por los verdaderos maestros de nuestra historia. Nada siento cuando fuera, en la calle, mi mente solo puede percibir a un ser fuera de sus cabales, alejado de sus raíces, ahogado en una opulenta órbita de necesidades innecesarias y logros banales que dan una falsa razón de ser a cada medalla que se cuelgan. Nada de esto envidio porque a diferencia del resto intento no olvidar nunca que solo soy un ser humano.

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