El último adiós

Cuando dejó la maleta sobre la cama su despertador marcaba las seis de la tarde. No le gustaba hacer esperar a nadie, pero aquel día había sido muy largo. Ni siquiera era capaz de entender por qué había quedado con alguien al que no le apetecía ver, y esa era una reflexión que no se había podido sacar de la cabeza ni una vez a lo largo de la mañana. No obstante ya había dado su palabra, y se sentiría afligida si se echaba atrás.

Su madre le había estado insistiendo desde hacía meses con que tenía que rehacer su vida. Desde que David ya no estaba no había levantado cabeza. Quizá ya había desechado su única oportunidad de ser feliz. O quizá no había nadie más en la faz de la tierra capaz de llegarle al alma como lo había hecho él. No sabía muy bien qué pensar. Bueno sí: no quería nada más, ni a nadie más.

En sus entrañas se hacía de noche cada vez que hacía de su pasado su presente. Y así pasaba los días. Ausente. Ajena al paso del tiempo y ajena a la vida. Tan solo existía para ella el recuerdo. El recuerdo de cuando fue feliz. El recuerdo de cuando consiguió todo por lo que tanto había luchado. Aún así su cuerpo estaba cronometrado: continuaba con su vida, continuaba con sus rutinas, pero no sabía apreciar nada de lo que hacía. Tampoco tenía ningún motivo. Tan solo se dejaba llevar por lo que se supone que debía hacer.

Fue su madre la que le insistió para que acudiera a la cita de aquella tarde. Incluso la había dejado marchar antes de la insoportable comida familiar que celebraban cada domingo. Para ella el último día de la semana se había convertido en una especie de seminario en el que el resto de la gente teorizaba sobre cómo debía afrontar la situación, sobre cómo debía encauzar su vida  y sobre cómo debía sentirse. Nadie tenía ni idea. Y aquellos ánimos en forma de ingenuas doctrinas que su familia le hacía saber mediante frases llenas de órdenes la entristecían todavía más.

No quería saber nada de la vida. Solo quería acurrucarse en su lado de la cama, cerrar los ojos con la pasividad de un ser inerte y ahogarse en los recuerdos que aquella almohada le evocaba: le era imposible contabilizar las veces que sobre ella había besado a la única persona a la que había sido capaz de amar. Le era imposible deshacerse de todo aquello. Ya no sabía ni quién era. Ni dónde iba.

No fingió ni siquiera las ganas por abrir la maleta y sacar de ella su ropa arrugada. Ya no tenía sentido estudiar la forma más adecuada de organizarla en el armario para poder repartir el espacio entre sus cosas y las de David. Ya no tenía sentido invertir horas en plancharla y dejarla impoluta para que su marido la encontrara radiante al vérsela puesta. Estaba perdiendo el norte.

Se sentía agotada. Su alma ya no era capaz de derramar una sola lágrima. Se había quedado completamente seca, abatida ante el cambio radical que había dado su vida. Cómo lo echaba de menos. Nadie sería capaz de imaginar cuánto. Ni siquiera ella. Y no podía seguir.

El reloj marcaba entonces las seis y veinte. Se quedó mirándolo con los ojos perdidos. Apagados. Rodeados por unas espesas ojeras que la acompañaban desde el día del último adiós. Ya no era dueña de su cuerpo. Las fuerzas se le habían esfumado. Y su mente ya ni siquiera barajaba otra posibilidad para pasar aquella tarde que no fuera tirada en la cama. No acudiría a ningún sitio, tampoco seguiría viviendo aquella mentira.

Allá donde estuviera David, allá donde la muerte lo hubiera llevado, allá donde su alma residiera sin ya ninguna atadura carnal iría ella. Y lo haría esa misma noche.

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