Testimonios de la crisis

Andrea López Zanón.- Ayer estuve en una tienda de ‘Compro Oro’. Tengo que reconocer que iba cargada de prejuicios, pensando que allí solo van personas maleantes con piezas robadas, que es una especie de negocio de tercera y que los empleados se encargan de ofrecer menos de lo que realmente valen los objetos. No sé por qué yo tenía esa visión de aquella realidad. Pero cambió tras mi experiencia.

Los planes iniciales no iban encaminados a visitar aquella tienda. Pero después de recorrerme media Valencia me quedé sin ideas para comprarle un detalle a mi pareja por el día de nuestro aniversario. Así que al ver aquel escaparate de joyería me acerqué con miedo por los precios. Pero eran muy asequibles.

De nuevo mis prejuicios se pelearon con mis intereses cuando estaba planteándome el cruzar la puerta. Yo te juro que siempre intento eliminar de mi cabeza los tópicos sociales, los tabúes, y los prejuicios, pero en aquella ocasión no podía, lo cual me desesperaba porque ni siquiera conozco la raíz de este sentimiento.

Al final toqué al timbre. Cuando entré olía muy bien. Era un ambientador que debía estar instalado en todas las esquinas del establecimiento, porque llenaba de aroma de frutas del bosque todo el espacio.

Delante de mi había un chico con una bicicleta y las manos realmente sucias intentando vender un recipiente de aparente plata. El encargado, muy amablemente, le realizó las pruebas pertinentes y le enseñó al joven que aquello era bañado de acero, o algo parecido, pero vamos, que no era una pieza que valiese dinero.

El cliente cogió su recipiente, dio las gracias y se marchó por donde había entrado. Nada de peleas, ni de conflictos, ni de insultos, todo había transcurrido con normalidad a diferencia de lo que mi mente había imaginado sobre lo que pudiera pasar.

Cuando me tocó el turno a mi me quedé satisfecha con el trato del dependiente y con mi adquisición para un regalo muy especial a un precio asequible.

Sin saber muy bien cómo aquel hombre y yo nos pusimos a hablar largo y tendido. Creo que debió salir de mi la vena periodística, porque fue como una especie de entrevista.

Esos negocios de ‘Compro Oro’ no se libran de la crisis como se cree. José trabaja doce horas diarias y sus ventas son mínimas. Me contaba que al comprar los productos tiene que pasar un parte a la policía por si algunos son robados, y más del 15% lo son, por lo que la pieza se le es confiscada y no se le rembolsa el dinero que ha pagado por ella.

Tiene 54 años, 5 másters sobre psicología de ventas y una carrera de contable. Con las manos temblorosas me dijo: “¿Para qué? Para absolutamente nada. No gano ni 700 euros al mes y somos 5 personas en mi casa”.

Realmente me estremeció aquel testimonio. Se le veía muy alicaído, deprimido, como quien sabe que no puede hacer otra cosa que conformarse.

Volví a sorprenderme cuando sentenció que no tiene casi ganancias del negocio: “Entra mucha gente todos los días, la mitad con productos que no valen nada, la otra mitad para marear, porque son los de siempre, y algún caso excepcional para comprar”.

Me contó que su estado de salud por el ritmo de su trabajo se ha deteriorado mucho. Que toma 7 pastillas al día y que ya casi no tiene vida, porque los fines de semana en lugar de dedicarlos al descanso los emplea para ganar dinero extra ayudando a un amigo en un bar.

Pude ver en sus ojos el cansancio, la tristeza, la desesperación, la rabia. Sentí mucha compasión por él e intenté transmitirle una bocanada de ánimos que no sé si llegaron a cuajar.

Nos interrumpió un nuevo cliente que tocó al timbre. Yo me despedí cordialmente y le dije que volvería para invitarlo a un café.

Y lo haré.

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