Renovarse o morir: El conflicto independentista

Andrea López Zanón.- En plena transición, cuando España se encontraba sumida en la lastra de una dictadura y en los ecos de una sangrienta guerra civil la puesta en marcha de un proyecto constitucional cayó del cielo como agua bendita.

La constitución española, la de 1978, la que todavía sigue vigente sin cambios sustanciales, garantizaba los valores democráticos a los ciudadanos y velaba por el renacimiento de las libertades, unas libertades que el franquismo engulló.

La historia dio un vuelco considerable. Se pasó de una camisa de fuerza a una especie de libre, aunque cívico, albedrío. El documento constitucional respondía a las necesidades existentes en aquella recién nacida sociedad. Y digo recién nacida porque con Franco ni era sociedad ni aparentaba estar viva.

Ahora, 40 años después de todo el nefasto episodio, vuelven a resquebrajarse los pilares de la sociedad española por la maltrecha situación económica y las dudas existenciales. Existenciales porque ya nadie sabe hacia dónde se dirige este barco, ni siquiera si tenemos a un buen capitán.

Os preguntaréis a qué viene este vapuleo histórico. Pero yo os prometo, y no es una promesa de estas de la gran élite, que intentaré que me entendáis.

Que Cataluña quiere independizarse está claro. Que este sentimiento está creciendo fervientemente también está claro. Lo que no está tan claro es dónde desembocará la historia.

Felipe González, el expresidente del Gobierno, ha afirmado que “la independencia de Cataluña es imposible y puede provocar una fractura política y social que cueste 30 o 40 años solucionar”.

¿30 o 40 años solucionar? ¿Fractura política y social?

España ya está viviendo una de sus escisiones más graves desde el episodio franquista y la transición. Y tachar el proceso independentista catalán de imposible resulta, cuanto menos, imprudente.

Imprudente si se polarizan las posibles soluciones. Si se es muy de blanco o se es muy de negro. Si se es muy de azul o se es muy de rojo. Al fin y al cabo si se es muy cabezón.

No es extraño que si alguien no está a gusto con sus colegas en un bar pague su copa y salga por la puerta. Pues lo mismo pasa con Cataluña. Solo que cada vez son más los que quieren irse, pero en esta vez sin pagar, sin pagar ni un duro más al Gobierno Central, claro está.

No me parece descabellado, ni mucho menos imposible. Pero sí creo que no sería un paso fácil para la ciudad catalana y que se podría sentir peligrosamente vulnerable ante las exigencias internacionales.

La clave, como dijo Aristóteles, está en el término medio. ¿Por qué no reformar la Constitución para que responda a las exigencias y necesidades sociales de hoy? ¿Por qué no establecer otras medidas que garanticen el sentimiento de independencia a los ciudadanos catalanes? ¿Por qué no dejarles que satisfagan sus aspiraciones de desarrollar nuevos métodos de financiación sin que necesariamente tengan que desanclarse de España?

Pues está muy claro, señoras y señores, porque no conviene, ¿por qué iba a ser si no?

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