¿A dónde?

Andrea López Zanón.- Olía a café. El dulce aroma a buenos días penetraba por todos mis sentidos y me invitaba a levantarme de la cama. Entraba una luz enigmática por las ventanas y las cortinas parecían apartarse para dejar que acariciara cada recoveco de la habitación. Parecía ser una mañana perfecta.

Bajé sonriente por las escaleras. Me faltaba un calcetín y el batín que me regaló mi madre había perdido un botón al posarse sobre mis hombros. Pero no importaba: había café.

Al entrar en la cocina la vi a ella. El pelo le brillaba al juguetear con la luz del sol. Se había perfumado el cuello y las muñecas, (aunque no la hubiera visto, lo hacía cada mañana) y había decidido sacar a pasear el pijama en lugar de ponerse su ropa de calle.

Estaba preciosa mientras preparaba el desayuno, y yo estaba feliz, apoyado en el marco de la puerta, intentando tener una pose sensual e interesante, pero mostrando la silueta de un chico recién levantado, con el pelo enmarañado, sin un calcetín y con unas lagañas del tamaño de una madalena.

Sonrió al verme. Y yo al verla a ella.

Por muchos avatares que hubieran sufrido nuestras vidas, siempre nos habíamos tenido el uno al otro. Y los dos sabíamos que eso nunca cambiaría.

Después de desayunar fuimos a dar un paseo por el barrio. El buen ambiente consolidaba más lo que intentaron desvelarme las cortinas de mi habitación: hacía un día precioso.

La gente perezosa había salido de sus casas para tomar un buen café en el bar de la esquina. Otros simplemente caminaban despreocupados sumergidos en una conversación aleatoria. Nosotros fuimos más tradicionales y nos sentamos al lado de la fuente del parque.

–        Sería maravilloso tener uno de esos, ¿no crees? – dijo María mientras miraba embobada a un matrimonio que empujaban un carrito de bebé.

–        Sí… la verdad que sí. Pero sabes que no podemos.

Su mirada se perdió en algún punto de los adoquines del suelo. Yo sabía que le entristecía hablar de todo eso, pero no podía aumentar su ilusión para que luego se diera de frente con la pura realidad. Así no funcionaba la vida.

Pronto cambié de tema. Intenté hacerme con su atención para suavizar su maternidad frustrada, pero con los años que hacía que nos conocíamos bien sabía yo que en algún rincón de su mirada siempre quedaba la esperanza de tener un hijo. Quizá por eso, o simplemente porque me apeteció en ese momento, la sostuve fuertemente entre mis brazos y me sumergí entre el aroma de su perfume y el de su cabello.

–        Deberíamos volver, se está haciendo tarde y todavía hay que preparar la comida, ¿no crees?

Sin responder, me besó apasionadamente, acarició mi mejilla y se levantó con calma. Nos dirigíamos a casa.

El ambiente todavía estaba impregnado del aroma del desayuno. El sol, que daba en ese momento a casi todas las paredes de nuestro hogar, se había encargado de caldear la atmósfera y construir un espacio realmente cálido. Estábamos muy  a gusto en aquella casa. Era nuestro pequeño nido de amor.

Después de comer, con alguna migaja que otra entre los pliegues de nuestras camisetas y con ganas de acostarnos en la cama para descansar, o, quién sabe, incluso para jugar un rato, oímos unas llaves tras la puerta de casa. Nos miramos con asombro, y volvimos a girarnos hacia la entrada. ¿Quién sería?

Pronto pudimos saberlo: una chica con el pelo rubio y largo y una carpeta bajo el brazo entraba a nuestra casa mientras hablaba con un chico que pasaba tras ella:

–        Como verás, las zonas comunes están muy bien cuidadas. Madera de roble, ascensores nuevos, dos a cada parte del pasillo, y escaleras de mármol recién pulidas. Viven muy buenas familias en este edificio.

La joven, pues no pasaría de unos 22 años, encendió las luces del pasillo que conducía al comedor y comenzó a describirle algunas características de nuestra casa:

–        Dos baños, tres habitaciones, comedor amplio… los últimos inquilinos se marcharon hará un año, estuvieron aquí cerca de cinco, pero el piso está prácticamente nuevo.

–        La verdad es que es precioso, pero… ¿por qué se marcharon? – preguntó el chico que la acompañaba mientras husmeaba por todas partes.

–        Oh, tranquilo, nada relacionado con el piso, estaban muy contentos con él, y con el precio, por su puesto, pero tuvieron que marcharse por razones… por trabajo.

No me lo podía creer. Llevábamos mucho tiempo viviendo en aquel lugar y ahora iban a quitárnoslo. Sin pensarlo, cogí a María de la mano y le susurré que fuéramos rápido al cuarto de baño.

–        María, creo que ha llegado nuestro momento…

–        No, no quiero irme de aquí, ha sido nuestro hogar durante mucho tiempo.

–        Ya lo sé, mi amor, ya lo sé, pero no podemos seguir con esto. Estamos estancados, no sabemos dónde vamos, y es hora de asimilar nuestra situación.

Nunca habíamos podido recuperar la normalidad después de lo que pasó. Intentábamos ser felices donde y como siempre lo habíamos sido, en nuestra casa, con nuestras metas, con nuestros planes y construyendo nuestro destino. Pero ahora había llegado el momento de asimilar la realidad y dejar que nuestros sueños murieran y se fueran para no volver.

María lloraba. Yo intentaba calmarla. Pero entendía que tenía que pasar por todo aquello, más bien, teníamos que pasar por todo aquello para aceptar nuestro destino.

La chica rubia y su acompañante entraron en la cocina. Creo que se estaban sirviendo café, o tomando un vaso de agua, porque escuché las sillas, un par de cucharillas y el inicio de una cálida conversación.

–        Venga, María, tenemos que salir de aquí…

–        ¡No quiero! No quiero que me quiten mi casa, no quiero que me quiten mi futuro, ni quiero que me obliguen a vivir en un lugar que no sea este…

–        Pero eso no lo sabes…

–        ¿Y si no volvemos a vernos nunca? ¿Y si nuestro destino es vivir separados, Marcos? ¿Qué hacemos? Si tú me faltas… yo me muero

–        Venga, mi amor, ven aquí, ven aquí y cálmate – dije susurrando mientras la abrazaba con fuerza.

Tenía razón. Podía pasar cualquier cosa después de aquello. Pero no se trataba de algo que pudiéramos evitar.

De pronto se abrió la puerta:

–        ¡Madre mía! Pues el cuarto de baño está muy, pero que muy bien. ¿El otro es igual de grande?

Miré a María mientras ella observaba con preocupación al chico. Le dije sin palabras que guardara silencio. Aunque no pudiera vernos, quizá podía escucharnos.

Antes de que pudiera contar tres, aquel joven ya había salido de allí.

–        María… llevamos mucho tiempo evitando la luz que nos guía. Pero esa luz no nos dejará nunca. Todos ocupamos nuestro lugar. Y eso no podemos evitarlo ni mirar hacia otro lado.

–        No quiero, Marcos… ¡no quiero ser un jodido espíritu de alguien que murió en un accidente! ¡No quiero!

–        Cálmate… ¿Te crees que para mí es fácil? – reproché adoptando una actitud un tanto nerviosa- Sé de lo que me estás hablando. Yo también iba contigo en ese coche, ¿lo recuerdas?

–        Lo siento… Pierdo los nervios. Pero… ¿y si nuestro lugar no es estar juntos?

–        No sabemos lo que hay detrás, María, quizá vayamos a otro planeta, o vayamos a otro plano dimensional, o simplemente dejemos de ser conscientes de que teníamos una vida y de que éramos alguien.

Estaba claro que ambos queríamos permanecer allí. Nos había costado mucho asimilar nuestra muerte e intentar retomar nuestras vidas. Pero al final lo habíamos conseguido. No era fácil, puesto que solo nos teníamos el uno al otro, y nada de lo que queríamos haber conseguido en vida podríamos tenerlo en aquella situación, pero era a lo único a lo que podíamos aspirar.

–        Quedémonos más tiempo, Marcos – dijo cogiéndome de la mano y suplicándome con la mirada.

–        ¿Más tiempo? Mira… no te había dicho nada… pero llevo varios días, quizá semanas, soñando con una luz, una luz cegadora que se abre ante mí y me dice que la atraviese. Yo no quiero hacerlo, María, porque no sé dónde estarás tú, ni qué me deparará el otro lugar, pero vivir en este plano no es la mejor opción, ni se nos permitirá por mucho más tiempo.

–        Júrame… ¡Júrame que no te separarás de mí!

–        Jamás, María, jamás lo haré. Y me da igual a dónde me lleve esa luz, si a otro planeta, al limbo, al cielo, al infierno o dentro de una caja de pino… yo siempre te llevaré a mi lado. Conmigo.

Los dos nos abrazamos. Por fin parecía que entendiéramos  que aquella realidad, aquel lugar, aquella tierra no era la que nos pertenecía. Que fue nuestro hogar durante más de 25 años, pero en aquel plano dimensional ya no había espacio para nuestras almas. Teníamos que partir y fluir con la vida.

¿A dónde?

No tardaríamos en descubrirlo.

destino

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