La fuerza de la voz

Andrea López Zanón.-  Coge el coche, si ya… ¿Qué más da?

Depresion

Está lloviendo. No te gusta nada que llueva. Pero no podrás hacer nada para cambiarlo.

Acelera. ¿O quieres estancarte también en el asfalto?

Es un pueblo precioso, ¿verdad? Que verdes están los árboles en la calle. Cómo brillan a pesar de la ausencia del sol… emiten una energía especial, de esa que hace que te dé gusto mirarlos, que incluso parezca que te transportan al secreto de la vida,  a la esencia de la misma, a la magia… todo aquello que tú has perdido solo por ser tú.

Mira cómo pasea la gente por las calles. Ellos salen a pesar de la lluvia. Les gusta la sensación de húmeda libertad que esta les transmite. Hasta dejan a los niños que chapoteen sobre los charcos en los parques. ¿Lo ves? Están alegres, se ven radiantes, más que los tuyos. ¿Qué haces tú por tus hijos? Plantéatelo, pero ya sabes la respuesta.

Hagamos una cosa. Salgamos del pueblo. A lo mejor encontramos en la carretera algo que no te reduzca a la verdad más absoluta, aquella que te lleva a despreciarte, a odiarte… pero no dudes en matar cualquier resquicio de luz que se produzca (seguro que por error) dentro de tu interior… porque si yo fuera tú, también desearía desaparecer.

¿Qué ves en esa señal?

Creo que ya has sido demasiado cobarde a lo largo de tu vida. Es hora de darle una oportunidad a la valentía. A lo mejor puedas demostrarle a tu padre de una vez que eres una auténtica mujer. ¡Lo está deseando desde su tumba!

Quizá se te dé mejor conducir el choche que pudiste permitirte que mantenerlo limpio. Todavía sigue bajo el asiento el envoltorio de papel que Carlos tiró desde su silla de viaje. Una silla a la que ni te acuerdas de ponerle el maldito cinturón.

A quién vas a engañar… siempre vas borracha. Como lo fuiste cuando Nacho se calló por las escaleras. Le hubieras evitado dos operaciones de tobillo a sus tres años si no hubieras estado tirada en la cama con la copa en la mano.

Mira su silla vacía. Algún día tendrás que sustituirla por una muleta: la que acompañará a tu hijo de por vida.

Deja de llorar y acelera. Creo que tu padre empieza a sonreír.

Piensa por un momento en cómo sería tu propia vida si tú no estuvieras en ella. Bonita… ¿verdad?

No tendrían que aguantar tus insoportables manías. Ni los niños sufrirían al ver a su madre postrada tras una botella de ginebra. No los aguantas… no aguantas sus quejidos en las noches por algún mal sueño. Los detestas. Y lo peor es que lo sabes…

–        ¡Cállate! ¡Son mis hijos!

No te engañes a ti misma, y déjate de gritos: puedes distraerte mientras conduces y tener un accidente… no queremos eso, ¿verdad? ¿o sí?

Tu madre… ¿la echas de menos? Es una pena que decidiera alejarse de ti cuando mataste a tu padre de los disgustos que le dabas… un infarto, decían. Pero en el fondo sabes que tú eres la culpable.

Está a punto de adelantarte un coche. Mira a los que van en su interior. Parece una familia feliz. Eso que tú nunca has conseguido tener. Da gusto percibir esa paz en el espacio que les rodea. ¿Ves eso? Son sonrisas. Lo que tú no has dibujado jamás en tu rostro.

Y ahí se van. ¿Qué tienes tú? Tú no tienes nada… ni te mereces nada.

–        ¡Déjame!

Pero no te alteres. Yo solo digo la verdad.

Mírate en el espejo. Qué aspecto tan deplorable. Estás gorda. Mira tu papada. Y esas bolsas en los ojos. ¿Qué me dices del maquillaje? No tienes derecho a ponértelo, no eres digna de valorarte.

¿Cuántos días llevas sin comer? Muchos… pero yo no veo ningún resultado. Tienes unas piernas grasientas y gruesas. Así nunca le gustarás a nadie. Ni a tu marido. Que ya sabes que está con otra…

–        ¡Eso no es cierto! Me quiere… ¡Me quiere!

No seas ingenua. Alguien que no ama a la vida no puede ser amado.

¿Recuerdas cuando eras pequeña? Esos dulces ojos negros estaban llenos de vida. Tenías todo un futuro que construir. Querías ese futuro. Y ahora mira tu cara. Estás cansada. Tu gesto ha cambiado. Ya lo has perdido todo. Sabes que era tu destino.

¡Acelera! Ya no tienes nada que perder.

No entiendes por qué el mundo sigue girando, ¿verdad? Debería de detenerse ante tu desgracia. Pero abre los ojos. La gente sabe ser feliz. Tú nunca has luchado por lo que quieres, y ahora ya es demasiado tarde. Todos te odian.

–        ¿De verdad?

¿A caso te he mentido yo alguna vez? Eres despreciable. Y ni siquiera entiendes por qué no te ayudan a salir. Tampoco entiendes que el resto de personas puedan ser felices. Eso es egoísmo. Y tú siempre has sido una egoísta. Por eso te odian. No has sido capaz de ver lo que antes estaban dispuestos a hacer por ti. Y ahora ya te han olvidado.

¿Sientes ese dolor en el pecho?

–        …

¡Responde!

–        ¡Sí! Lo siento… y no puedo respirar…

Ese es el dolor que tú misma has sembrado. Mereces sufrir. También lo sabes.

–        Sí… quizá… quizá tengas razón

Claro que la tengo. Acelera.

¡Más!

¿Ves aquel punto gris al final de la autovía? Es el coche que antes nos adelantó. Ellos sí saben disfrutar de la vida. Ellos sí son buenas personas. Por culpa de esa gente tú no tienes nada. Es un juego de buenas energías, ¿lo entiendes? Ellos la atraen toda…

–        Pero…

¡Toda! ¿Y qué te queda a ti?

–        …

¡Dime!

–        Nada… ¡No me queda nada!

Pues deja de llorar y acelera. Ya te has lamentado bastante. ¿O tú no sabes que la autocompasión es uno de los sentimientos más destructivos?

Los odias… odias a esa gente. Y te odias a ti misma.

¡Acelera!

¿Qué sientes?

–        …

¡Dímelo!

–        Odio…

¡Más fuerte!

–        ¡Siento ODIO!

Por culpa de esa gente no puedes ser feliz. ¿Y si esa es la vida que en realidad te corresponde y ellos te la han robado?

–        Son ellos los que no merecen nada…

Es lo único inteligente que has dicho en toda tu vida. Acelera… ¡ACELERA!

**

La máquina emitía unos sonidos agudos y constantes. La piel pálida de su cuerpo contrastaba armoniosamente con el blanco de los artilugios de plástico que la rodeaban. Y su alma… su alma empezaba a despertar en mitad de aquel infierno.

–        Alba… ¿estás bien? Dime algo…

–        ¿Dónde… dónde estoy?

–        Estás conmigo cariño. No te pasará nada. Solo tienes algunos rasguños y la pierna rota, pero todo saldrá bien.

Pasaron unos minutos hasta que Alba pudo ser consciente de todo lo que había ocurrido. El dolor de su pierna la obligaba a despertarse sin tener otra escapatoria. Se le aceleró el corazón. Sintió en todas sus extremidades algo que la presionaba, que la asfixiaba, que la atormentaba: la culpa.

–        Pero…y… ¿y el coche?

–        No te preocupes por el coche. Ahora lo importante es que tú estás bien. Ya estaba demasiado viejo, cariño.

–        ¡El nuestro no! ¿Y la familia?

–        Alba… ahora no es momento de hablar de eso, tienes que guardar reposo.

La oscuridad tiñó los ojos de su marido. Un eterno abismo se abrió en el reducido espacio de sus pupilas y Alba pudo entender que algo… que nada iba bien.

–        Están muertos… ¿verdad? ¡No me mientas!

Aquél hombre no podía responder. Simplemente no podía. Ese silencio era tan certero que se descubría envolviendo cada extremo de aquella sala. Alba se incorporó con toda la fuerza que pudo reunir dentro de su maltrecho cuerpo. Necesitaba explicaciones. El mundo empezaba a detenerse para ella. Una gran bestia ansiosa salía por su estómago y se posaba en su corazón esperando una respuesta que no aniquilara toda la razón de su existencia. Una respuesta que no llegaba. Pero el hombre no podía aguantar más. Veía como las facciones del rostro de su mujer empezaban a descolocarse presas del propio pánico. Ya no pudo callar.

–        Han muerto, Alba. Los tres.

–        ¿Có…cómo? Pero…

–        Lo siento mucho. Muchísimo.

Mientras Carlos la cogía de la mano e intentaba reprimir sus lágrimas sin demasiado éxito,  Alba caía abatida en la almohada con los ojos empapados. Estaba en shock. No terminaba de entender qué había pasado. Y todos los recuerdos que consiguió recopilar le hablaban de lo mismo:

–        Fue la voz… ¡La voz! Tienes que creerme, por favor, Carlos, créeme… Yo no…

–        ¿De qué hablas, Alba? Cálmate, intenta respirar…

–        Sonaba en mi cabeza… ¡En mi cabeza!

Quiso arrancarse el gotero de un tirón, salir corriendo de allí e intentar solucionar lo que ya no tenía remedio alguno. Pero cayó abatida y desmayada sobre la cama.

**

Hicimos algo mal. Pero ya habrá tiempo de rematar.

No sientas compasión ni pena por aquellas personas. Recuerda que eran malas. Que tenían lo que tú deberías de haber tenido. Eso no es ser buenas personas… Ahora han recibido su merecido, y tú también lo recibirás cuando seas consciente y puedas despertar.

No quiero que olvides jamás todo lo que hablamos cuando íbamos en el coche. Eres un ser despreciable y nadie de tu entorno puede aguantarte. ¿Quieres causarles ese sufrimiento a las personas a las que quieres?

No puedes contestarme… pero no lo creo.

Solo hay un camino para solucionar todo esto.

Y yo estaré aquí para asegurarme de que cumples con tu acometido.

Nos vemos pronto, Alba… muy pronto.

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