En mi memoria… En mi memoria de elefante

clave-de-sol-de-clip-art_419694 Andrea López Zanón.- Un viaje de última hora. Un nuevo descubrimiento musical. Una artista y un destino: Lidia Guevara en Zaragoza. No lo dudamos ni un segundo.

Nos enteramos del concierto del grupo Guevara en la provincia de Aragón y para allá que fuimos esa misma mañana. Depósito lleno, música en marcha, termo con café listo, y algunos bocadillos (con picoteo y guarradas calóricas varias) para la hambruna puntual. He de reconocer que me sentía como una chiquilla con zapatos nuevos: nerviosa, contenta, expectante y pletórica (aunque también muerta de sueño).

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Guevara en la promoción de Memoria de Elefante. Fuente: guevaramusica.com

Con Lidia acompañándonos desde la radio del coche con Memoria de Elefante, nos plantamos en Zaragoza en unas cinco o seis reproducciones de su disco. No nos cansábamos, a pesar de que entre nuestros alaridos y nuestras notas desafinadas a penas pudiéramos escucharla. Pero ya estábamos allí, ¡quedaba menos para verla!

Hacía muy poco tiempo que conocía la existencia de Lidia. De nuevo, mi amigo, aquél que me adentró en las profundidades de Gastelo, me enseñaba a una nueva artista. Él y otra amiga, con la que emprendimos el viaje a Zaragoza, ya habían visto al grupo Guevara en el Fnac de Valencia. Los dos salieron emocionados y estuvieron como unas tres semanas dándome la “tabarra” con la magia de aquella muchacha. Al parecer incluso los había reconocido por algunos comentarios y tweets en la red. Sin lugar a dudas eso les encantó. Por lo que me contaban parecía una chica muy cálida, muy allegada a sus fans. Eso no estaba nada mal, y después de eso yo también tenía ganas de conocerla.

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En Zaragoza. Fuente: Andrea López Zanón.

Aprovechamos la mañana: Zaragoza es un sitio realmente hermoso. Tras andar así como unas seis horas seguidas por sus calles, sus parques y, como no, por la basílica de Nuestra Señora del Pilar, encontramos (preguntando como ingleses en Benidorm) el Fnac en el que Lidia actuaría.

Estábamos en la cola tres horas antes de que el concierto comenzara. Como era de esperar, no había nadie. Seguramente la gente inteligente (es decir, nosotros no) pensaría acudir un rato antes de la actuación. Pero bueno, nos dio tiempo a analizar en profundidad los estantes de películas que confortaban el rincón en el que estábamos esperando. Interesante, realmente interesante. Un documental sobre la reproducción del ave del mediterráneo en las contaminadas aguas de la Albufera me miraba con ojos tentadores. Pero supe aguantar el tirón: no lo moví de su estante.

Recuerdo que nos girábamos nerviosos cada vez que escuchábamos unos pasos. Pero siempre era lo mismo: algún cliente perdido en el rincón de los documentales que se topaba con tres jóvenes sentados en círculo mientras hacían el panoli. ¿Resultado más evidente? Risas y miradas de: El psiquiátrico estaba por la otra calle.

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En Zaragoza con Rubén P.M. Fuente: Andrea López Zanón.

Pero bueno. Todo iba bien. Y todavía fue mejor cuando ella llegó. Unos tacones altos, un vestidito a rayas, su característica trenza hecha a un lado y una mirada muy humilde. Lo primero que hizo fue saludarnos con una amplia sonrisa, aunque sé que en el fondo ella también se estaba preguntando qué co** hacíamos allí tres horas antes de su concierto. Saludó a mis amigos como si fueran conocidos de toda la vida. Pasé vergüenza, porque ella y yo nunca nos habíamos visto, pero me dedicó unas agradables palabras y un abrazo realmente cálido. La verdad es que de cerca tiene unos ojos muy especiales.

El corazón nos iba a mil. Y más cuando empezamos a escuchar el ensayo dentro de la sala. Qué bien sonaba. Curiosos y fans se acercaron a donde estábamos nosotros. ¿Eso era… una cola? ¡¡¡Sí!!! La gente empezaba a colocarse detrás de nosotros. Ya no parecíamos abejillas descarriadas delante de documentales de huevos de aves valencianos… Todo empezaba a ser más normal.

Pasó algo de tiempo hasta que nos dejaron entrar. Había un escenario: un par de guitarras, un piano, algunos micros… Y, como no, nosotros en primera fila. Cualquiera nos quitaba aquél sitio. No nos habíamos hecho dos horas y media de viaje, seis horas de turismo y tres horas de cola para que algún fan con cara de “yo llegué antes, sé que miento, pero me da lo mismo” se pusiera delante de nosotros. ¡JA!

Por fin Lidia subió al escenario.

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Lidia minutos antes de empezar el concierto. Fuente: Andrea L.Zanón.

La verdad que, desde el primer momento, Memoria de elefante me pareció muy animado. Una voz dulce y a la vez potente. Temas muy variados. Sinceros. Y sobre todo nada de encasillamientos: canciones para llorar, para reír, para pensar y para bailar. Algo que no siempre se encuentra y que tiene un gran mérito. En aquel instante me moría de ganas por verla en acción.

Mis amigos tenían razón: aquella artista era una auténtica pasada. Se mostraba muy tranquila, como si estuviera tomando un refresco con sus amigos en la tasca del barrio. Pero cuando tocaban alguna canción, el grupo se olvidaba de todo su alrededor: solo estaban ellos, la música y la esencia de sus temas. Eso conseguía ponerme los pelos de punta.

Recuerdo que me emocioné sobremanera con alguna de sus canciones. No pude reprimir mis lágrimas con Sin respiración, o Lo mejor de mí. Conseguían trasladarme a tiempos pasados; y hacían que sintiera en mi propia piel cada palabra que interpretaban. Tampoco pude evitar el ponerme a bailar (no literalmente, gracias a Dios, o Lidia podría haberme mirado con una cara un tanto extraña) con Clara, o Motas de Polvo. Aquella sensación era increíble.

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El grupo Guevara sobre el escenario en Zaragoza. Fuente: Andrea L.Zanón.

Cuando Guevara había tocado al menos un par de temas, la sala empezó a llenarse de gente atraída por la voz de Lidia. No cabía ni una aguja. Se la veía especialmente contenta.

Al terminar el concierto, borrar la enorme sonrisa que aquella tarde había dibujado en mi cara era tarea imposible. La actuación había superado con creces todas mis expectativas, y no paraba de pensar que, y no me equivoco al afirmarlo, pocos directos a los que he asistido o he podido escuchar han sido tan asombrosos como el de Guevara.

La voz en el disco no tiene nada que ver con el “chorro” que saca Lidia sobre el escenario. Tiene una potencia descomunal, unos rasgueos muy personales y unos timbres más agudos de los que deja ver en la versión estudio. Me sentía mucho más llena después de haber disfrutado de un directo de esa magnitud.

Ahora llegaba el momento de vernos las caras. Ese instante en el que piensas cómo llevarás el pelo, si un largo día de caminatas habrá dejado huella en tus axilas suicidando (literalmente) el aroma de tu colonia, o cómo le pedirás, qué palabras escogerás, qué cara pondrás para pedirle a los chicos que se hagan una foto contigo. Digan lo que digan… esa situación impone bastante.

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Lidia cantando Clara durante el concierto. Fuente: Andrea L.Zanón.

Pero para nada. Creo que todos se quedaron para poder hablar con ella. Nosotros decidimos esperar. Los nervios iban en aumento, y más cuando Lidia se quedaba charlando como unos diez minutos con cada fan que iba a saludarla. Sé que llegué a odiarla en algún momento: ¡estaba realmente cansada y solo quería que llegara nuestro turno!

Por fin nos tocaba.

Nunca olvidaré el abrazo que nos dio a cada uno de nosotros. Hablamos sobre el concierto, sobre cómo se nos había ocurrido ir desde Valencia solo para verla, sobre la gente que había ido al concierto, y sobre si nos sorprendería pronto por nuestras tierras.

El tiempo pasó volando, pero nos tiramos como una media hora charlando. Me llamó la atención, después de haber sacado ese torrente majestuoso, la voz tan dulce que tiene. Fue muy agradable.

En el camino de vuelta a casa, ya un poco desconectados de la música y con muchos sueños (y sueño) en la cabeza, ninguno podía dejar de suspirar animado tras la jornada que pasamos. Creo que abrí el disco firmado unas cuarenta veces, y revisé las fotos que nos habíamos hecho otras cuarenta (en realidad serían novecientas cincuenta y tres, pero bueno…).

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Rubén P.M, Noelia M.R, Lidia Guevara y yo tras el concierto. Fuente: Andrea L.Zanón

Me sentía realizada. Encontrarme con artistas de ese tipo me reconectaba con el mundo del arte, me hacía recordar todo lo que siempre había querido: una guitarra, un micro y alguien que me escuchara. Parecía muy complicado, pero después de ver a esa gente que paso a paso había conseguido cumplir su sueño… ¿quién sabe?

Esa noche dormí como una niña pequeña, pensando que aquel día y aquel momento permanecerían siempre en mi memoria… en mi Memoria de elefante.

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Guevara tras finalizar el concierto. Fuente: Andrea L.Zanón.

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