¿Dónde está la buena música?

Andrea L. Zanón.- Cuando era pequeña, recuerdo a mi madre escuchando con emoción las canciones de su gran ídolo, Camilo Sesto, o de aquel joven que devoraba los medios de comunicación, Miguel Bosé, o de la folclórica más profunda de España, Rocío Jurado. Ellos tenían un estilo diferenciado. Absorbían la atención de la gente con el matiz más personal que pudiera caracterizarlos. Así construyeron su fama y su éxito: gracias a un talento irrepetible en cualquier otro artista.

A menudo pienso en todo esto. Comparo la música que acompañaba a nuestras generaciones anteriores y la que hoy en día nos rodea. Es algo complicado. El talento parece haber desaparecido entre las notas de una canción roquera de Bony Taylor y la balada más sincera de Whitney Houston. ¿Qué nos queda ahora? Un bombo continuado y artificial mezclado con un estribillo comercial y tan depurado dentro de los estudios que hacen de lo que debería ser aquello más personal la pieza más común y estándar de todas.

Parece que la lógica económica y empresarial que caracteriza al siglo XXI ha terminado por invadir hasta el mercado de la creatividad, aquel que debería de ser totalmente libre, sin cadenas invisibles ancladas a chequeras de conveniencia, sin un sistema de ventas tan cuantificado y numerado que termina oprimiendo la libertad del arte.

La disposición de un mercado que maneja disimuladamente los gustos de los consumidores hace que cada vez sea más complicado encontrar a melómanos que dediquen su vida a la música alternativa, a la música propia, a aquella que no te ponen en los centros comerciales, ni en los anuncios de televisión, ni en las discotecas de moda.

Justin Bieber, la gran fiebre de las adolescentes. Fuente: stylebistro.com

Pero eso, hoy en día, parece una tarea imposible. Tan imposible como encontrar en los trabajos de los nuevos artistas del momento la chispa de su alma, aquello irrepetible, el matiz que te lleva a identificarlo en la nota cero de su primera canción, (sin que te recuerde a lo último de Pitbull o a los los ecos de Justin Bieber). Algo que, para ser justos, mantienen durante su primer trabajo discográfico y terminan vendiendo al mejor postor en su segundo proyecto.

¿Para qué? Para poder encajar en este mercado de la creatividad. Un mercado que, en lugar de comercializar con una buena materia prima, ralentiza el valor del arte reduciéndolo a un mismo sonido, a un mismo prototipo, a un mismo ritmo.

Entonces… ¿dónde está la buena música?

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